Retratos de Familia
Keila Ochoa Harris
23 de enero de 2012
Casi doce meses
17 de enero de 2012
Aprendiendo...
9 de enero de 2012
Los "padres" de nuestra nación

Leí sobre aquel choque de culturas: aztecas y españoles, uno de los momentos trascendentales de nuestra historia. De ella resaltan dos nombres: Moctezuma y Cortés.
Me llamó la atención que cierta autora los describe como dos hombres profundamente religiosos. De hecho, cada uno a su manera, en honor y respeto a sus creencias, actúa como la historia nos ha contado ya muchas veces.
Moctezuma, creyendo que Cortés es Quetzalcóatl, lo recibe. Cortés, enfadado ante la idolatría y los sacrificios humanos, destruye una nación.
¿Será por ello que como mexicanos tendemos a ser muy religiosos? ¿Acaso no corre por nuestras venas la sangre mestiza de aquel ancestral encuentro?
Pero ser religiosos no es lo mismo que ser espirituales. La religiosidad provoca culpa y miedo; la religiosidad nos hace creer que debemos hacer cosas para ganar algo a cambio.
La espiritualidad, en cambio, nos recuerda que por nosotros mismos no ganaremos nada, pero que por medio del favor divino tenemos acceso a su presencia.
La espiritualidad se reflejó más bien en aquellos religiosos que quisieron rescatar la historia de los indígenas; que se interesaron en aprender su lengua. No los quisieron destruir; les quisieron más bien compartir el amor de Dios.
Aún hoy vemos la herencia de aquel encuentro. Buscamos en la religión la solución a nuestros problemas. Pero más bien debemos mirar arriba, a quien mora sobre todas las cosas, confiados en que él se agacha para sostener nuestra mano.
Me parece que uno de nuestros peores defectos como nación ha sido esa religiosidad ciega, que solo cumple ritos para que “siga saliendo el sol”. Pero afortunadamente en nuestra historia se cuelan nombres de hombres y mujeres, como Nezahualcóyotl, que comprendieron que más bien se trata de una relación personal con el Creador.
2 de enero de 2012
Mujeres ¿exitosas?

27 de diciembre de 2011
Lo digo en serio
26 de agosto de 2011
Todo tiene su tiempo
15 de agosto de 2011
La Colochita Dorada

Todos saben que en Chiapas, a las chicas con cabello rizado, chino u ondulado se les dice Colochas.
Pues bien, a ella le decían Colochita Dorada. Colochita, por lo ya antes dicho, y Dorada porque era rubia. A veces su madre se preguntaba de dónde había sacado el color de cabello. ¿La habría dejado mucho tiempo al sol?
Pero rubia o morena, lacia o rizada, la Colochita Dorada debía cumplir con sus obligaciones. Todas las mañanas, antes de ir a la escuela, caminaba hasta la casa de su abuelita para dejarle el desayuno. Su abuelita estaba enferma; siempre. Si no le punzaba la cabeza, le dolían las piernas; si no se quejaba del estómago, entonces se enfadaba con su espalda.
Así que, esa mañana, la Colochita Dorada se dirigía a casa de su abuelita con una bolsa de plástico en la mano y dos recipientes, uno con arroz, el otro con pollo en mole rojo. Por algún motivo, la Colochita pensó en la Caperucita. Pero a la Colochita Dorada no le sucedía nada interesante, como en los cuentos de hadas. No tenía madrastra, ni hermanastras; tampoco era tan pobre que no tuviera nada para comer.
Por andar de distraída, se perdió. En lugar de ir para la izquierda en la calle de la paletería, se dio la vuelta en la calle de la farmacia. Pero ni lo notó, porque todas las calles eran iguales, rectas y con casas a los lados, polvorientas y sin mucha gente en los alrededores.
Hasta que caminó tres cuadras, se detuvo en seco. Ya debía ver la casa azul de su abuelita. Aunque deslavada, era azul. Pero solo detectaba fachadas blancuzcas y grisáceas. ¿Qué hacer? ¿Regresar hasta la esquina y retomar el camino? La lógica le dictó que si viraba a la derecha, entroncaría con la calle de abuelita. Lástima que la Colochita era pésima para reconocer su derecha de su izquierda.
Así que unos minutos después, reconoció que estaba completamente desubicada. Se empezó a preocupar, y no porque llegaría tarde a la escuela ni porque se enfriaría el desayuno, sino porque no sabía cómo volver a su casa.
En eso, notó un zaguán abierto. Buscaría a quién preguntar. ¿Alguien en casa? Nadie respondió. La Colochita dio unos pasos hacia el patio. Solo había un perro dormido, que ni siquiera ladró. La puertita del fondo conducía a un cuarto sencillo, con una mesa y tres sillas. Y en cada lugar, unos tamalitos con atole. Abrió las hojas del primer tamal, de rajas. No le gustaba. Abrió las hojas del segundo tamal, de salsa verde. No le gustaba. Abrió las hojas del tercer tamal, de dulce. Se lo comió en tres mordidas. Tanta caminada le produjo apetito.
Después de tomarse el atolito, sintió un gran sueño y se dirigió al cuarto trasero. Vio una cama matrimonial. Demasiado grande. Después una individual. Demasiado pequeña. Finalmente vio una hamaca. ¡Qué delicia! Y la Colochita Dorada se quedó dormida.
No escuchó mientras los tres habitantes de la vivienda regresaban de su caminata matutina. Les gustaba dar cinco vueltas al parque más cercano antes de desayunar. Tampoco oyó sus quejas. ¿Quién abrió mi tamal? ¿Quién abrió mi tamal? ¡Quién se comió mi tamal y se bebió mi atole!
Tampoco percibió cuando los tres habitantes se asomaron a la puerta y descubrieron la cama matrimonial vacía, la cama individual vacía y la hamaca ocupada. Hasta que sintió el aliento de los dueños de la casa, la Colochita saltó del susto.
Pero no, no se trataba de tres osos, sino del padre, la madre y un hijo, ¡Carlos!, su compañero de tercer grado.
—¿Qué haces aquí, Colocha?
—Pues… —trató de explicarles, pero la madre miró el reloj: —¡Se les hará tarde para la escuela!
—¿Pero ahora qué voy a desayunar? —se quejó el niño.
La Colochita se acordó del pollito con mole, y como de por sí llegaría tarde con su abuelita, convidó a todos el rico desayuno. Al día siguiente, la Colochita Dorada llevó tres recipientes, en vez de uno, a casa de su abuelita.
Su abuelita entonces la recibió con un gruñido: —Ayer pasé hambre por tu culpa. Ahora me dará el soponcio.
La Colochita le sirvió arroz, papas con chorizo y chicharrón en salsa. Y mientras su abuelita devoraba —y por cierto, no le dio el soponcio—, la Colochita imaginó a Carlos regresando de su caminata matutina para comer su tamal de dulce con un delicioso atole de fresa.
—¿Y aprendiste la lección?
—Por supuesto, abuelita. No debe uno dejar el desayuno servido, o un extraño que ande perdido se lo puede devorar.
28 de julio de 2011
Cerros a mi alrededor

Una de las cosas que amo de mi nueva casa es la vista. Vivimos en un valle, así que alrededor de nosotros se levantan cerros, muchos cerros verdosos, por el clima semi tropical.
Cuando estoy cansada, triste, o necesito tiempo fuera. Me asomo por las ventanas o salgo al jardín y contemplo los cerros. Me confortan, sin lugar a duda. Quizá porque me traen a la mente aquel salmo.
“Alzaré mis ojos a los montes, ¿de dónde vendrá mi socorro?”
Mi socorro viene de Dios, quien hizo los cielos, la tierra y los cerros. Alzo mi vista y me vuelvo a ubicar. Alzo la vista y alabo a Dios. Nada como la naturaleza para inspirarme, motivarme, impulsarme, pues ella me lleva de regreso al Creador.
25 de julio de 2011
Cocinando y creando

Escribir es como cocinar. Abres la puerta del refrigerador y ves lo que tienes. Sacas los ingredientes e improvisas para componer un almuerzo. Palabras de una de mis escritoras favoritas: Madeleine L’Engle. Pero tiene mucha razón.
Abro la puerta de mi mente y encuentro todo aquello que he pensado en la semana, en el día, en una hora. Añado lo que he leído, lo que he escuchado, lo que he visto. Compongo mis letras y les doy un poco de orden. Y algo surge de la pluma.
Me gusta cocinar. Me encanta escribir. En ambos, espero el halago de: qué rico pastel; qué buen libro. Pero en el fondo, sé que ambos son algo que tengo que hacer, que debo hacer, pues así he sido creada.
Como madre y esposa, quiero, debo, necesito alimentar a mi familia. Como escritora, quiero, debo, necesito compartir lo que pienso. En ambos casos, lo hago con temor y temblor. Debo ser cuidadosa de que nadie resulte enfermo o intoxicado. Debo procurar que haya nutrientes, y no sirva comida chatarra.
En fin, gajes del oficio.
21 de julio de 2011
Criando y creando

Te susurro, aunque a veces alzo la voz. Comienza la etapa en que tú protestas y yo también. Entonces se acumula la frustración en ambos, aún a tan temprana edad, y me cuestiono tantas cosas. Ese es el problema de tu madre: no deja de pensar.
La pregunta es: ¿para qué te estoy criando? No en el sentido de porqué lo hago, sino para qué lo hago. ¿Qué quiero que seas en el futuro? Se me ocurren respuestas bonitas de revista para mujeres o de libros de auto desarrollo.
Quiero que seas una persona con valores que aporte a la sociedad. Quiero que crezcas y te realices en aquellas cosas para lo que eres bueno y te gusta. Quiero que tengas un buen trabajo, una familia feliz y una vida plácida.
Eso último es el sueño americano. Dinero, comodidad, cero problemas. Yo le llamo, una idea de fotografía. ¿Te has fijado que no subimos a facebook fotos que no nos convengan? Es más, a ti ni siquiera te fotografiamos cuando lloras. No queremos pensar en tu dolor, ni en tu berrinche. Tratamos de ahorrarnos esos pensamientos.
Volviendo al tema, pienso si Sara sabía que criaba a Isaac para una vejez con ceguera. ¿Sabía Elizabet que criaba a un solitario, paria de la sociedad, que moriría asesinado por un rey déspota? ¿Pensó Betsabé que su hijo acabaría mal sus días, repleto de mujeres y dioses paganos? Supongo que no. O tal vez sí.
¿Cómo pensaban las madres de aquellos tiempos? En la Edad Media se daban por bien servidas si sus hijos sobrevivían la infancia. En otras épocas solo rogaban un trabajo decente. Pero hoy no. Queremos súper niños. Deseamos que ustedes reciban lo que nosotros carecimos.
Me pongo a pensar si te estoy criando para ser un siervo de Dios o un siervo de ti mismo; si te educo para el sufrimiento o te evito el sufrimiento creyendo que con eso te hago un bien. Ya sabes que me gusta divagar…
A final de cuentas, mejor clamo a Dios como los padres de Sansón: “Señor, ¿cómo criaré a este niño?” (paráfrasis mía). Que Dios me ayude a criarte, pues en el proceso, él estará creando tu carácter. El Creador te ha dotado con todo lo necesario para aquel propósito futuro que tiene para ti. A mí solo me toca criarte. Y sin él, no tendré éxito. Así que dejo todo en manos del Creador.