13 de marzo de 2013

El viaje

Las dos se asoman por la ventanilla. Una percibe una ciudad grande, gigante, grotesca; una mancha urbana sin ton ni son que se extiende hasta los cerros y carece de todo sentido estético. Le inhibe pensar que aterrizarán en medio de la metrópoli. ¿Y si ocurre un accidente?

La otra observa casas y casas donde vive gente conocida y desconocida; percibe las azoteas con los perros arriba y sonríe. Su corazón palpita a mil por hora. Anhela contemplar la destreza del piloto para aterrizar allí mismo, justo en el centro de esa bella ciudad.

¿La diferencia? Una va de negocios; la otra regresa a casa. Cuando miramos el viaje de la vida como un regreso a casa, encontraremos más bellezas que si pensamos en el diario andar como un trámite más, un negocio más, una tarea más.

¿Viajas por negocios o vuelves a casa?

(Gracias, Brennan Manning, por inspirarme con tus memorias).

1 de marzo de 2013

Si no fuera...

Si no fuera escritora, me encantaría ser ilustradora. Sería para mí un deleite poder darle vida a un texto a través de dibujos, colores y formas.

Tengo varios ilustradores que me encantan, pero sigo conociendo a más y más, y me pregunto: ¿cuántos son? Pues necesitamos a ¡muchos! Así que ánimo con lo que hacen.

21 de febrero de 2013

¡Regalo e-book!

Hace tiempo escribí una pequeña novela. No llega a cuento, pero tampoco a novela, así que queda en los términos de "novela corta".

Conduciendo por uno de esos antiguos caminos rurales en Inglaterra, cuatro amigas descubren un muro de piedra como el de aquellos cuentos que solían escuchar de niñas. Se bajan del auto movidas por curiosidad, y al atravesar el muro, se encuentran en un mundo nuevo.

Cada una termina en uno de esos cuentos de su infancia, atrapadas en un personaje, pero al irse acordando de esas lindas historias aprenden de sí mismas y su presente.

Mi deseo al regalar este e-book es que sea de alegría y entretenimiento, pero también de reflexión. ¿Y por qué lo regalo? Porque estos cuentos de dominio popular no son míos, y si bien no menciono sus nombres en un ejercicio de imaginación, sé que serán fácilmente reconocidos.

Si quieres el e-book, solo deja un mensaje en el blog o escribe en mi página de facebook o envíame un correo electrónico y dame tu dirección de correo. Yo te lo enviaré en formato PDF. O si lo prefieres, he tratado de hacer un ibook para IPAD, pero confieso que es mi primera vez y no sé bien cómo quedó.

Y si lo lees, dame tus comentarios que me harán mucho bien. Y recuerda que un libro también es para compartir con los demás. Puedes hacerlo, solo respeta los derechos de autor. ¿Te parece?

¡A soñar pues... Érase una vez!

29 de noviembre de 2012

Ya casi es diciembre

Ya casi es diciembre. Las decoraciones ya están en casa: pocas, pero suficientes. Ya empecé a comer más de la cuenta - y ¡faltan muchos días de festejo! Así que hay trabajo por delante. Me he propuesto que:

1. Cuando no haya fiesta, comer poco. Suficiente, nutritivo, pero poco.

2. No abrumarme con regalos, decoraciones y detalles; sino más bien disfrutar del frío, de los cielos despejados, del ambiente.

3. Separar unos minutos para pensar en lo importante, y no dejar que el consumismo me maneje.

Pero sobre todo, en esta Navidad quiero respirar hondo y contar mis bendiciones. La Navidad ciertamente puede ser una época nostálgica pues nos acordamos de los que ya no están con nosotros; pero también puede ser una época de esperanza, donde decidimos empezar de nuevo y avanzar en lo que nos toca.

Así que miro las esferas del árbol y cuento mis bendiciones: un hogar, un esposo, un hijo, unos padres, unas hermanas, unos suegros, cuñados y cuñadas, sobrinos, amigos, amigas, conocidos, conocidas, libros, revistas, sueños, ilusiones... y sigo y sigo.

19 de noviembre de 2012

A ciegas (parte 2)


Pablo lo especifica en 2 Corintios. Andamos por fe, no por vista.

Con los ojos terrenales vislumbro el trayecto. Mido la distancia, calculo el tiempo y decido cómo andar. En la vida de fe, sin embargo, me encuentro como en ese túnel para ciegos. Estiro los brazos y palpo con mis manos. ¿Qué hay delante? Me guío según lo que alcanzo a percibir con los dedos. Titubeo, me muevo unos centímetros o milímetros, cuestiono, dudo, llevo una velocidad de tortuga, y no de liebre.

Pero así es como Dios lo diseñó. ¿Por qué? Lo ignoro. No soy Dios, y jamás comprenderé sus pensamientos. Sin embargo, mi lógica señala que así debe suceder, pues de otro modo, confiaría en mí misma.

Cuando camino por la calle, no pido consejo ni ayuda. No le ruego a Dios que permita que el siguiente paso sea certero, ni que evite que caiga en un hoyo. ¿Por qué? ¡Porque veo! ¡Me valgo por mí misma! Sin embargo, cuando estoy “ciega”, de mis labios solo surgen ruegos y peticiones por una salida, un camino aplanado, una ruta accesible.

De eso se trata la fe: depender de Dios, confiar en Dios, andar con Dios.

Ando por fe, no por vista.

Aún así, los ciegos se enseñan a caminar. Aprenden a utilizar un bastón o un perro guía, y transitan con una confianza inusitada. Aún cuando, de ningún modo, aventarían su bastón a un lado.
Supongo que Dios, sabiendo que aún los ciegos adquieren experiencia, advierte en contra de una confianza excesiva.

Hablando en contra de los fariseos, los religiosos de la época, advierte que algunos ciegos se convierten en guías de ciegos. Si ambos no ven, ¿acaso no caerán en un hoyo?

Me he topado con algunos guías de ciegos —ciegos— que me han hecho dudar. Aquellos que creen dominar la vida cristiana y proponen tres o cuatro secretos para el éxito espiritual. Aquellos que dicen entender la mente de Dios y cuáles son sus planes secretos para mi futuro. Aquellos que fingen poseer el poder de Dios para repartir dones y manifestar al Espíritu. Aquellos que combinan las filosofías del andar corporal con el espiritual y ofrecen una mezcla mentirosa de la vida cristiana.

Ciegos que guían otros ciegos.

Por eso, Dios nos invita a andar por fe, no por vista. No creer en todo lo que suena lógico o razonable, ni imitar las conductas de los iluminados. Más bien, tentar, palpar, titubear. Movernos poco a poco, con una oración constante en los labios; temerosos del cuerpo, desconfiados de los sentidos; andando por fe, no por vista.

Las enfermedades del cuerpo se repiten en el alma. Enfermedades que nos hacen ver más hacia dentro que hacia fuera; miopías severas que distorsionan la verdad; ceguera total que fingimos controlar; cánceres incurables por medios no milagrosos.

Andamos por fe, no por vista.

Y por eso, agradezco a Dios este cuerpo débil y enfermizo, que me tumba en la cama de vez en cuando y me obliga a mirar hacia arriba, hacia el techo, pues no me queda otra opción. Me hace detenerme y meditar en que no puedo sola.

Allí en la cama converso con Él. Vuelvo a extender los brazos para tentar las paredes, después de una dura caída. Examino los motivos que me han conducido a errar el camino, una vez más. Sobre todo, me repito con insistencia: ando por fe, no por vista.

No todo lo que brilla es oro; aún no domino los primeros pasos; no alcanzo a ver más allá de lo que mis manos tientan. Dependo de Él, lo necesito a Él, me aferro a Él.

Pues a diferencia de aquellos guías de ciegos que engañan y desvían, Él ve con claridad mi futuro. Él es luz, y en Él no habitan las tinieblas. Él me guiará más allá de la muerte. Pues es el camino, es mi guía.

Ando por fe, no por vista. 

12 de noviembre de 2012

A ciegas


Recuerdo que alguna vez pensé lo maravilloso que sería enfermar para así poder pasar todo un día acostada, quizá leyendo o viendo televisión. Lo pensé, obviamente, mientras rebosaba de salud. Días o semanas después, caí enferma. Entonces quise estar sana, porque cuando el mal ataca el cuerpo, uno reposa, pero no disfruta leer un libro ni ver la televisión. Te sientes, simple y llanamente, mal.

Éste cuerpo nos limita en muchas ocasiones. La enfermedad lo postra. El cansancio lo vuelve lento. Y no podemos olvidar las tentaciones del cuerpo. Un poco más de sueño. Unas caricias más profundas. Unos bocados más del estofado. Caemos en pereza, lujuria, gula, adulterio, seducidos por el cuerpo.
Este cuerpo en la Biblia es comparado con una tienda de campaña; una morada temporal, un paso por este mundo. Algunos, por voluntad divina, pasan gran parte del peregrinaje con un cuerpo torcido o maltrecho. Otros solo probamos las aguas amargas de la enfermedad a intervalos. Sea lo que sea, estamos presos dentro de este cuerpo.

Y por lo mismo, nuestro cuerpo dicta cómo andar por el camino. Nos hemos acostumbrado al peregrinaje corporal, que deseamos compararlo con el espiritual, pero si bien esta tienda de campaña nos es útil, no rige el destino eterno del alma.

¿A qué me refiero? Analizo cómo doy un paso. Mi mente le dicta a mis pies que se muevan, pero mis ojos permiten que la luz penetre mi conciencia y me indique que dicho paso caerá en un terreno plano, rocoso, más alto o más bajo, y de ese modo mi pierna se inclina o se estira o forma el ángulo necesario para no tropezar.

Alguna ocasión participé en una especie de juego, que más bien resultó un suplicio. Debíamos entrar un túnel oscuro, con una oscuridad tal que simulaba la situación que vive una persona ciega. Así que, prácticamente, no veía absolutamente nada. Debía recorrer ese túnel hasta la salida, valiéndome del tacto. Lo que al principio pareció divertido se fue tornando en una pesadilla. Recuerdo el calor, los nervios, la inseguridad al no ver. Mi cuerpo, acostumbrado a la luz que los ojos proveen, se negaba a avanzar sin previo conocimiento de causa.

Del mismo modo, he concluido —erróneamente— que si no veo, no avanzo tampoco en este peregrinaje de fe, el que abarca las cuestiones trascendentales de la vida. De dónde vengo, a dónde voy. Quién soy, qué hago. Quiero contestar dichos cuestionamientos por medio de los ojos, del cuerpo, de la razón. Pero la vida con Dios no funciona así. 

(continuará)

29 de octubre de 2012

El segundo paso (última parte)


La clave viene en Colosenses también: “arráiguense profundamente en él”. El único modo de no errar, es si él me toma de la mano, apunta al piso y a su pisada, y me ayuda a atinarle. Así de fácil, así de difícil.

Así que me arraigo en él, como una terca raíz que desea crecer y que no puede más que tomar sus nutrientes del suelo y beber de ellos. Como esa necia planta que se niega a morir y que se mete más y más dentro del subsuelo pues los vientos contrarios se placen en desgarrarla.

Me arraigo, me agarro, me cuelgo, me afianzo en él. Él es el camino, él ha hecho las pisadas, él me guiará. Éste no es un viaje donde Jesús se siente como espectador para ver qué hago. Más bien es su modo de recordarme que él hace todo: me da la vida, me da las opciones, me muestra el camino. Él va a mi lado, y de ese modo, puedo dar el segundo paso.

Mi abuelo contaba la anécdota de un niño que se extravía. Se acerca a un señor de traje gris y le pide indicaciones sobre cómo ir a su casa.

—¿Sabes tu dirección?

El niño la recita de memoria. Entonces el señor contesta: —Camina dos cuadras hacia arriba, luego giras a la derecha. Tres calles después, te toparás con un crucero. Gira a tu izquierda para más tarde…
Esto hacen las religiones, las que creen conocer el camino; las que conllevan a hacer listas y listas que jamás se cumplen.

Pero el niño encuentra a un segundo hombre. Le hace la misma petición, luego recita su dirección. El hombre lo toma de la mano y le dice: —Yo te llevo.

Eso hace Jesús. Él es el camino. Él es el guía. Él es la pisada siguiente. Solo me debo dejar llevar.

22 de octubre de 2012

El segundo paso (parte 2)


¿Cuáles son los pasos que debo seguir de Jesús?

Una interpretación errónea sería vestir como en el primer siglo en la Palestina y hacer exactamente lo que hizo Cristo. Terminaré frustrada. ¿Multiplicar panes? ¿Conseguir doce discípulos? ¿Hablar a multitudes? ¿Andar sobre el mar?

Cuando interpretamos la Biblia, lo más lógico siempre resulta lo más acertado. Seguir los pasos de Jesús implica vivir como él vivió. ¿A qué me refiero? A cambiar mi mentalidad y ver las cosas como él las vio. A ciertas acciones concretas que hoy puedo imitar, como el perdón, el amor, la constancia.

Un paso a la vez.

Fallo la mitad de las veces. 

Soy una mujer de orden. Decenas de papelitos decoran mi escritorio y mi refrigerador. En ellos anoto mis pendientes, mis listas, mis objetivos. Cuando en un día puedo palomear cada artículo en la lista, me felicito, me siento bien conmigo misma.

A veces hago trampa. Borro una anotación de uno de los papelitos y lo copio en otro. Lo pospongo, pero me repito que se llevará a cabo en su momento. Sin embargo, cuando la lista queda con pendientes, cuando por la noche me doy cuenta que mis proyectos no se cumplieron, me entristezco, me flagelo, me auto castigo.

Comencé la vida cristiana de la misma manera. Papelitos con pendientes: orar por la mañana, hacer el devocional matutino, realizar una buena obra, compartir con alguien de Jesús, orar por la noche, leer la Biblia por la noche.

Si mal no recuerdo, no hubo un solo día en que lograra cumplir todos mis buenos propósitos. De hecho, generalmente fallaba en tres o más. Me taché de mala cristiana, de alguien que no merecía gracia ni vida eterna. Jamás sería una cristiana de la talla de Jim Elliot o George Müller. No lograría las hazañas de Amy Carmichael o Gladys Aylward, mis heroínas.

Si bien en mi juventud por lo menos abarcaba dos o tres actividades de mi impuesta lista, a la hora de tener una familia el sueño se vino abajo. Imposible mantener un horario. Por la noche a veces no era dueña de mi tiempo.

Pero en el camino andamos un paso a la vez. Y Jesús no está a nuestro lado con una libreta en mano para marcar cada vez que erramos uno de sus pasos. De hecho, me parece que tiene tanto amor y misericordia, que nos anima a acertar, pero nos da un campo con un abundante margen de error.
Me explico mejor. Al hacer mis listas, es como si delante de mí viera una pisada del tamaño del pie de mi padre. Debo complacerlo al acertar, pero aún más, debo “caber” dentro de ese espacio.


Limito a Dios al compararlo con el pie de mi padre o de mi esposo o de cualquier ser viviente. Dios es Dios. ¿No será que su pisada es diez, veinte, cien veces más grande, y que por eso, al avanzar por fe, al levantar mi pie para dar un paso, forzosamente caeré dentro de la pisada? Quizá no a la mitad, como me gustaría, pero sí en la periferia. ¿Y no será suficiente?

Mis listas no sirvan salvo para frustrarme y derrotarme. Pero en Jesús hallo gracia. La gracia suficiente para dar el siguiente paso de fe. (continuará)

15 de octubre de 2012

El segundo paso (parte 1)


¿Y ahora qué sigue? Me he preguntado esto en diversas ocasiones, cuando termino de llenar un formulario con mis datos para algún trámite oficial y miro alrededor. ¿Ahora qué? ¿Dónde lo llevo? ¿Qué hago?

Sucede lo mismo con el camino. He elegido a Jesús. ¿Ahora qué?

El momento de elección es mágico, tanto así que los que transitan por él siempre regresan a ese punto cuando se extravían, y lo relatan con una sonrisa en los labios y lágrimas en los ojos. Porque se trata de un momento trascendental, un cambio de dirección. Una nueva aventura.

Pero ¿y después? El apóstol Pablo lo explica en el libro de Colosenses: “de la manera que recibieron a Cristo Jesús como Señor, ahora deben seguir sus pasos”.

En un campo verde o en un terreno pedregoso no se vislumbran senderos claros. Solo se ve el pasto, y en algunas partes éste luce más seco debido a las pisadas. La vida cristiana, en mi opinión, no se traduce como una carretera moderna, con señalamientos claros, asfalto y ayuda en el camino. Simula más bien un viaje en el pasado, donde las estrellas dirigían con exactitud y uno hallaba posadas en el camino para refrescarse y proseguir, donde uno andaba por los rumbos que revelaban mayor uso o que prometían protección de los elementos.


Dios ha dejado en claro la instrucción. Si ya se ha elegido el buen camino, ahora se debe andar en él. Debo seguir los pasos de Jesús. Uno a la vez.

La vida sería mucho menos complicada si dejáramos de usar metáforas, o si las metáforas fueran tan reales como la vida misma. Hablo de sendas, de pisadas, pero la rutina va más allá de todo esto. Consta de despertarme, tomar una ducha, salir al trabajo, lidiar con las pequeñas tribulaciones diarias, planear menús, llamar por teléfono, escribir correos, contar el dinero para hacerlo rendir.

¿Cuáles son los pasos que debo seguir de Jesús? (continuará)

8 de octubre de 2012

La elección (a modo de postdata)

Jeremías les dice que se detengan, que busquen los senderos antiguos, pero tristemente, en ese único versículo, se nos revela la respuesta de Israel a este mandato: “No andaremos en él”. ¡Rechazaron la invitación! ¡Desobedecieron el mandamiento!


Se hace camino al andar. Pero el primer paso nos invita a andar en ese camino. ¿Lo haremos? ¿O nos negaremos? Israel rechazó la invitación. No quisieron seguir el camino. Cavaron su propia tumba.

El camino es Cristo, y ciertamente no es el elegido por la mayoría, ni por las grandes celebridades. No es el más codiciado, sino que ha sido criticado por la historia. Pero es el camino. El único que lleva a la paz. Porque eso es lo que Dios promete. Si nos detenemos, si miramos, si preguntamos por la senda antigua: “hallaremos descanso para nuestras almas”.

Descanso. Qué suave y delicada palabra a mis oídos. En medio de mi estrés y mis preocupaciones, entre lavar trastes y ropa, entre el trabajo y el tráfico, descanso, reposo, sosiego. Quizá no del cuerpo, sino de algo más importante: el alma, el centro de mi voluntad y mis afectos, mi yo.

Jesús lo prometió: “Vengan a mí todos los que están cansados y llevan cargas pesadas, y yo les daré descanso”.

Dios me dice: “Detente. Mira. Pregunta. Y tendrás descanso”. ¿Cuál es la respuesta? Espero no sea la que dio el pueblo de Israel.

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