27 de noviembre de 2009

Cancún


Debo reconocer que he viajado al otro lado del mundo, pero no había visitado Cancún. Esta vez lo logré, y me llevé una grata sorpresa. Es cierto que muchos lugares se han vuelto más turísticos que locales, que los precios de algunas cosas se disparan (aunque otras son más baratas, como la gasolina), pero la realidad es que la naturaleza sobrepasa todos los dimes y diretes que uno escucha.

El mar: tonos azules, arena blanca, horizontes perfectos.
El sol: resplandeciente, hiriente, reconfortante.
La jungla: verde, espesa, salvaje.
La fauna: viva, cercana, intimidante.

Un paraíso. No lo puedo negar. Un hermoso lugar de nuestro bello México, con una cultura impresionante de la que hablaré más adelante. Pero por ahora, me quedo con la imagen de Cancún, y me alegro de que Abraham lo haya elegido para la luna de miel.

24 de noviembre de 2009

Remando


Llegamos a un parque recreativo. Una de las actividades consistía en remar una balsa por un río subterráneo. Pero aprendí grandes lecciones en esta sencilla actividad:

1. No es fácil remar juntos. Requiere coordinación, tiempo y dedicación. Supongo que a parejas con más años les cuesta menos trabajo, ¿o más? ¿O se sentirán todos tan torpes como yo que hasta dudaba de cuál era mi izquierda y cuál mi derecha? Sobre todo, remar juntos requiere ceder. Doblegar la voluntad y ver por el bien común: avanzar por el río. Interesante ejercicio para una pareja de recién casados.

2. Existen tres rutas (por lo menos en este parque). La ruta corta, la ruta mediana y la ruta completa. A los dos minutos de remar, (y de atorarnos otros cinco en una encrucijada) optamos por la ruta corta, pero una vez en la desviación, decidimos ir por la larga. Supongo que a veces lo corto suena más atractivo, pero ¿cómo sabremos si remamos bien si desistimos tan temprano? Al final de cuentas, la ruta larga es mejor.

3. Hay una meta. A veces uno pierde los objetivos de vista. Quizá pudimos quedarnos en una de esas cavernas hechas por estalactitas por una hora o dos, pero de eso no se trataba el paseo. Supongo que en la vida existen tramos más cómodos, otros más complicados que deseamos evadir. Pero a final de cuentas existe una meta para cada familia. Lo importante es alcanzarla. No estamos aquí para “estancarnos” sino para seguir adelante.

Por cierto, descubrí que tengo menos fuerza en el brazo izquierdo. Habrá que hacer algo al respecto.

14 de noviembre de 2009

Divagando sobre aquella boda

Escribo esto unos días antes de mi boda. Lo dejaré programado para este día y esta hora. Si Dios lo permite, en estos momentos me estaré casando; pero solo Dios sabe si así será, pues Él está en control de los eventos y los tiempos, pero a Él le he confiado mi vida, así que me siento en paz.

Sin embargo, divago en las bodas y en las novias y en los vestidos blancos. ¿Cómo me siento a unos días del gran día? Agradecida. Agradecida porque estoy consciente y segura que no merezco esto. No merezco el amor de tantas personas; no merezco el amor de mi prometido; no he hecho nada para ganarme un momento como el día del hoy.

Quizá alguien piense que me doy golpes de pecho. Pero si preguntamos “¿por qué yo?” cuando nos va mal, ¿por qué no preguntarlo cuando nos va bien? Y la realidad es que la respuesta para ambas situaciones es: “así lo quiere Dios”. Y finalmente, todo es por gracia.

Sí, por gracia sufrimos (porque eso nos purifica), por gracia celebramos (porque eso también nos purifica). Y en los momentos de dolor y de supremo gozo podemos decir como Ricardo Montaner: “Esto también pasará”. No siempre estamos arriba en la Montaña Rusa; ni los valles duran para siempre. La vida está llena de altos y bajos. Y en ambos, lo mejor es la gratitud.

Insisto: es por gracia que recibimos las bendiciones de Dios, y eso lo sabe una novia. Y me voy un paso más allá, donde quisiera detenerme. Un día, habrá una novia a la que se le concederá vestirse de lino fino y resplandeciente. Pero esa novia se mirará en el espejo y se le humedecerán los ojos. ¿Por qué? Porque estará muy consciente de que no merece esas vestiduras blancas.

Recordará las muchas veces que engañó al novio; las muchas veces que le despreció con sus acciones; las muchas veces que se acostó con los enemigos de su futuro Esposo. Así es, me refiero a la iglesia, una que ha manchado el nombre de Cristo. Una que ha adulterado con el gobierno, que ha herido a los más débiles, que no ha mostrado compasión, que ha sido avara (solo buscando dinero), que ha escandalizado a la sociedad con palabras como aborto, pedofilia, poder, vicios, guerra, calumnias, asesinatos y complots.

Y aún así, se le concederá vestir de lino fino. ¡Eso es gracia! ¡Eso es amor! ¡Eso es perdón! El novio más santo y perfecto de pie, aguardando a su esposa. La esposa, sí, esa esposa que tanto le lastimó y le hizo llorar, vistiendo de blanco, radiante, hermosa; y no por sus propios méritos, sino por el amor incondicional de ese Esposo que lavó los vestidos corruptos y sucios de esa novia con su sangre.

¡Qué día será aquel! ¡Qué boda será aquella! Una novia resplandeciente, y poco merecedora de tanta bondad. Y hoy yo gozo una pizca de esa gracia, a pesar de ser como soy y de no ser lo que debo ser. Hoy a mí se me concede —si Dios lo permite— saborear un poquito de ese gran día. Aún así, anhelo, con todo el corazón, aquella otra boda donde aquella novia lucirá radiante y hermosa, perdonada y limpia por el sacrificio de su Amado.

10 de noviembre de 2009

Adiós, Tacu


Hasta ahora me puedo sentar a escribir, aún cuando la despedida oficial fue hace una semana. No puedo negar que lloré y que el nudo en la garganta comenzó desde temprano. Pero ¿qué más podía hacer?

He crecido en ese lugar por más de treinta años. Allí nací, conocí, aprendí; allí sufrí, disfruté, compartí. Mis recuerdos están con las personas, la riqueza verdadera. Las casas y los autos, el dinero y las posesiones no se pueden comparar a los amigos, los conocidos, los familiares.

Y por eso me conmuevo. Porque no dejo un lugar geográfico o un lugar de reunión, sino que dejo —geográficamente— a mi familia. Una familia compuesta por mis padres, mis hermanas y mis cuñados; tíos, tías y primos; pero también comadres, amigos y hermanos en la fe.

Tacubaya significa mucho más que cuatro paredes ubicadas en la delegación Miguel Hidalgo. Implica un grupo de personas a quienes amo y aprecio, con las que he compartido y llorado, reído y cantado. Gente que me ha visto crecer, que me ha visto madurar, que me ha apoyado.

Somos una familia, lo sé. Y sé que encontraré una nueva familia en mi futuro lugar de residencia, lo cual implica que mi “familia” solo crecerá, se ampliará, aumentará. Pero aún así duele saber que ya no nos veremos a los ojos cada domingo.

Aún así, mi oración es que los lazos se estrechen, y no que no desaparezcan; que la tecnología nos preste sus beneficios y seguimos en contacto; que nos visitemos y nos recordemos con cariño.

Finalmente, me queda la esperanza que un día nos reuniremos nuevamente, la familia completa, y tendremos mucho tiempo para convivir, conocernos y aprender aún más.

Por lo pronto, solo quiero decir: gracias. Los amo y los echaré de menos.