29 de diciembre de 2009

Galletas de jengibre


Durante la Navidad, aparecen las curiosas galletas de jengibre en forma de muñeco o muñeca, con una sonriente carita formada por gomitas, dulces y chocolates. Debo confesar que me gustan desde niña. Principalmente me gustaba hacerlas en casa, con mi mamá.

Ella preparaba la masa, y me asombraba el uso de la batidora. Se veía como algo difícil y sofisticado. Luego tomaba el rodillo con el que aplanaba la masa. De repente, sacaba el cortador de galletas; uno en forma de niño, otro en forma de niña. Mis hermanas y yo discutíamos quién usaría cual. Éramos tres, lo que complicaba la situación.

Una vez que marcábamos la masa y la colocábamos (ya con la figura pertinente) en la charola engrasada, decorábamos nuestros muñequitos. Mi mamá nos proporcionaba una diversidad de dulces pequeños con los que ubicábamos ojos, narices, bocas, corbatas, botones del vestido y alguna que otra ocurrencia.

Mi madre metía las bandejas al horno y venía el tiempo más complicado: la espera. Giraba la perilla del medidor de minutos y las tres decidíamos ir a jugar. En alguna ocasión me tentó la idea de quedarme frente a la puerta del horno, pero no aguanté ni cinco minutos.

Finalmente, el milagro ocurría. El timbre del medidor nos recordaba las galletas. Corríamos a la cocina inundada del delicioso aroma del jengibre y la masa horneada. Mi madre abría la puerta y las tres exclamábamos con alegría. ¡Las galletas vivían! Después entraba la discusión. ¿Podíamos comer una? No hasta que se enfriaran.

Recuerdos, Navidades, sonrisas. Galletas de jengibre.

24 de diciembre de 2009

Esta Navidad


Esta Navidad no te endeudes por comprar regalos, no te angusties por cocinar, no te irrites por los imprevistos. Esta Navidad toma un momento para detenerte y pensar:

Que si bien no hay dinero, aún tienes vida.
Que si bien no hay trabajo, aún comes.
Que si bien no tienes todo lo que deseas, no te falta nada vital.

La Navidad es un buen tiempo para reflexionar. Y por ello te invito a meditar en lo siguiente. Más que dinero, más que comida, más que posesiones materiales, todos queremos unas gotas de amor.

Queremos ser amados. Queremos ser aceptados. Queremos ser especiales. Tal vez te decepciones por lo que leerás a continuación, pero no importa que lo rechaces, el mensaje es verdad; no importa si lo ignoras, es la única solución.

Nadie te amará tanto como el niño de Belén. Por él tenemos estas fiestas, aunque nadie lo recuerde. Por él tratamos de ser generosos en esta época, aunque nadie lo acepte. Él no vino al mundo durante una cena de gala, ni en medio de costosos regalos. Él llegó a un pesebre, un cajón donde se ponía la comida de los animales.

Pero él vive y desea amarte. Él te busca y sabe que eres especial. No importa lo que hayas hecho; no importa quién seas. Él te ama. Así que, en esta Navidad, tómate unos minutos para hablar con él. Dile lo que sientes. Dile lo que deseas. Dile lo que está en lo más profundo de tu corazón. Él te escuchará, te lo aseguro, y hará de esta Navidad: algo inolvidable.

22 de diciembre de 2009

Tanto tiempo

Tanto tiempo esperé,
tanto tiempo oré,
Un esposo hallar,
Un amigo especial.

Nunca imaginé encontrarte así
Fue algo especial
Que me hace cantar.

Porque no puedo comprender lo que siento por ti,
Cómo explicar mi emoción.
Al verme cerca junto a ti, me siento feliz,
Por este amor gracias le doy a Dios y a ti.

Hoy de frente al altar
Mi promesa es dar
Todo lo que hay en mí
Para hacerte feliz.

Mi sonrisa, un hogar,
La dulzura de dar,
Todo es para ti,
Tuya soy hasta el fin.

Porque no puedo comprender lo que siento por ti,
Cómo explicar mi emoción.
Al verme cerca junto a ti, me siento feliz,
Por este amor gracias le doy a Dios y a ti.

(Gracias, Vicky, por cantar esta canción el día de la boda).

20 de diciembre de 2009

Lo aprendí de Winnie Pooh: conclusión


Concluyo con esta idea, pues se me figura la más central. C. S. Lewis, al hablar de los diversos tipos de amores, ensalza la amistad como una de las delicias más grandes de la vida. La amistad, como él dice, es el amor menos instintivo, orgánico, biológico, gregario y necesario; no corta la respiración ni acelera el pulso. Sin embargo, es el círculo donde uno simplemente “es”. En la amistad, no fingimos; nos aceptamos como somos.

La amistad nos permite ver las bellezas de los demás, y por eso los amamos, con todas sus imperfecciones, pues son ellas las que nos hacen especiales. Queremos a Winnie por su poco cerebro, a Puerquito por su inseguridad, a Ígor por su pesimismo, a Tigger por sus impulsos, a Rito por su inocencia, a Kanga por sus exageraciones, a Conejo por su tacañería, a Búho por su falsa sapiencia y a Christopher por su corta edad. ¿El consejo para tener amigos? En palabras de Pooh: “No puedes quedarte en tu rincón del Bosque esperando a que otros vengan a ti. A veces tú debes ir a ellos”.

19 de diciembre de 2009

Winnie Pooh: lección 5

La amistad es lo más importante. En los cuentos de Pooh encontramos a un Ígor deprimido que siempre piensa mal de los demás y que siente que nadie lo aprecia; sin embargo, sus amigos le preparan una fiesta de cumpleaños. Tigger tiene una manera brusca de saludar, ya que avienta y tira al suelo, brinca y destruye objetos, pero sus amigos lo procuran sobrellevar. Puerquito tiembla de miedo ante la menor provocación e imagina toda suerte de tragedias, pero con Pooh se envalentona y aprende a enfrentar sus monstruos. A pesar de sus diferentes modos de ver la vida, el pegamento que los une se llama Christopher Robin, un sinónimo de amistad.

18 de diciembre de 2009

Winnie Pooh: lección 4


Los de “poquito cerebro” generalmente son los más inteligentes. ¿Recuerdas que Pooh insiste vez tras vez que su poco cerebro le hace demasiado simplón y por eso escucha a sus amigos, que no siempre le dan los mejores consejos? En la vida real encontramos gran sabiduría en los niños y en aquellos con capacidades especiales. ¿Qué es lo más importante para un niño? Su familia, su presente, sus amigos. No se preocupan por las cosas materiales ni andan tramando cómo volverse más famosos o más ricos. Disfrutan el hoy y ríen con espontaneidad, se beben el mundo a través de sus cinco sentidos y regalan su amor a los que los rodean. Estas actitudes no vienen de quien tiene más cerebro, sino más corazón. ¿No será que a final de cuentas eso importa más?

17 de diciembre de 2009

Winnie Pooh: lección 3

Se vale tararear canciones mientras trabajas o caminas. Pooh solía canturrear tonaditas que él mismo inventaba pues en el fondo se ufanaba de ser un gran compositor, aunque sus amigos jamás le dieron el crédito merecido. A mí me gusta murmurar canciones o silbar, sobre todo en una caminata o durante una actividad mecánica, como lavar los trastos. ¡Qué crueles somos al silenciar a quienes traen ese ritmo interno! Al igual que los amigos de Pooh, debemos respetar los estilos de otras personas, y si traemos la música por dentro, ¡hay que disfrutarla!

16 de diciembre de 2009

Winnie Pooh: lección 2

Los juegos no tienen que ser complicados para ser divertidos. ¿Te acuerdas del pasatiempo preferido de Pooh? Se trataba de un juego muy sencillo en el que se paraban sobre un puente y lanzaban una rama al río. Luego corrían para asomarse del otro lado del puente y la rama que salía primero, ésa ganaba. Nunca comprendí cómo sabían cuál rama era de quién, pero ¡cómo se divertían! A veces olvidamos que los juegos no deben venir en una caja para ser buenos, sino que unas simples ramas de árbol pueden funcionar. Tampoco deben ser violentos o competitivos, sino simplemente un modo de pasar el tiempo.

15 de diciembre de 2009

Winnie Pooh: lección 1


Es imprescindible un tentempié. No podemos funcionar sin detenernos a eso de las once de la mañana para un refrigerio; así lo hacía Pooh, así que confiemos en su sabiduría. Aún en medio de una importante cacería de efelantes, uno debe buscar ese “poquito” que llene el “huequito” en el estómago para lograr pensar con más claridad. ¡Por algo en las escuelas se celebra el famoso recreo! ¿Qué haríamos sin esos momentos de gloria? Me acuerdo de mis emparedados o tortas de jamón. Quizá ahora se me antoja más una manzana o unas rebanadas de jícama con sal y limón, pero no olvidemos que el tentempié es más que nada, una bienvenida interrupción.

14 de diciembre de 2009

Lo aprendí de Winnie Pooh


Cuando parezca que la vida no tiene sentido, basta sumergirse al bosque encantado que Alan Alexander Milne inventó, para toparnos de nuevo con la inocencia infantil salpicada de fino humor que nos remonta a nuestra niñez.

Milne, un prolífico escritor y amigo de J. M. Barrie (creador de Peter Pan), no pretendía escribir para niños ni ser recordado por sus libros sobre Christopher Robin, pero así sucedió. Su fama surgió a través de sus poemas y cuentos infantiles. ¡Qué suerte que los escribiera para su hijo!

¿Y cómo nació Winnie the Pooh? Cuenta la historia que en 1914, un tren transportaba tropas con destino a Europa desde Winnipeg, Canadá. Se detuvo en Ontario y el teniente Colebourn compró un cachorro de oso negro por veinte dólares. Le llamó Winnie, por su ciudad adoptiva. Así, el cachorro se convirtió en la mascota oficial de la brigada 34. De paso por Inglaterra, Colebourn dejó a Winnie en el zoológico de Londres, y ésta osita se volvió la favorita del público, así que se quedó allí hasta su muerte.

Por su parte, la esposa de Milne había regalado un osito “Edward” a su hijo Christopher. A los cinco años, Christopher acompañó a sus vecinos al zoológico londinense y conoció a Winnie. Se hizo amigo de la osa de modo que los cuidadores lo dejaban pasar para jugar con ella. Así que Christopher rebautizó a su oso de peluche: “Winnie the Pooh”, y aquellas visitas inspiraron a Milne para el primer poema de la serie.

¿Y qué es lo que Milne construyó en este universo de juguetes? Creó personajes interesantes, como Conejo, quien hace listas y listas de pendientes y no logra terminar nada; o Kanga, quien como toda buena madre, anda detrás de su hijito para darle medicina o remendar su ropa; o Búho, quien finge saber leer cuando en realidad solo tiene los conocimientos básicos.

Sin embargo, quisiera rescatar algunas de las valiosas lecciones que las historias de Pooh nos dejan. Pero eso será mañana.

11 de diciembre de 2009

Adornos navideños


Parece que este año no habrá muchos adornos navideños en la nueva casa. Desventaja de casarse en noviembre, como me dijo Triple; ventaja porque así no tengo que quitarlos en enero. Realmente, hemos preferido gastar en otras cosas que serán útiles para todo el año, ahora que empezamos nuestra vida juntos, pero podemos adornar de otra manera.

Quisiera que en mi hogar hubiera…
-Esferas de comprensión
-Un árbol de compromiso
-Guirnaldas de cariño
-Velas de celebración
-Coronas de cultura
-Estrellas de caridad

Quizá, éstas y muchas otras virtudes, son los verdaderos adornos de un hogar.

8 de diciembre de 2009

Lágrimas

Tú que viste las lágrimas de…

David cuando era perseguido por sus enemigos
Job cuando padeció una terrible enfermedad
Jeremías cuando miraba la destrucción de Jerusalén
Daniel cuando comprendía el futuro de su pueblo
Magdalena cuando halló la tumba vacía
Pablo cuando escribió sus epístolas
Jesús cuando contempló a María y a Marta endechar a Lázaro

Tú que viste esas lágrimas y los consolaste, ¿verás las mías también?

4 de diciembre de 2009

Carta a María Antonieta Rivas Mercado


Querida Antonieta,

Hace muchos años leí el libro “A la Sombra del Ángel”. Tu biografía que es allí narrada me impactó, pero ahora, me contacto nuevamente con tu historia, y mi alma se sacude.

Lo tenías todo, buena posición económica, sueños artísticos, un hijo, pero aún así, decidiste terminar con tu vida, y apenas tenías 31 años. ¿Por qué? ¿Qué te orilló a tomar una decisión tan drástica? ¿Fue la derrota en aquella campaña presidencial que organizaste para tu amante? ¿Te cansaste de luchar e interactuar con una sociedad que no te satisfacía? ¿Amaste tanto que temiste que el rechazo o el abandono de tu hombre te destruiría?

No lo sé. Solo infiero, como suelo hacer. Quizá nunca comprenda tus acciones, pero reflexiono sobre la vida y el amor. Supongo que todas las mujeres adolecemos del mismo mal. Buscamos nuestra identidad en la aceptación de los demás, o en el amor romántico de un hombre, o en nuestro quehacer diario, y cuando eso termina, cuando eso no nos llena, entra el vacío.

Hace años me sentí así, lo reconozco. Pero esos días de oscuridad me sirvieron para alzar los ojos a la luz, la única que sacia, que llena y que da sentido. Una que se encuentra en la parte espiritual que solemos desechar y minimizar. Sí, María Antonieta, te hablo de Dios, más bien de Jesús.

¿Lo conociste? ¿Oíste de él? Te quitaste la vida en una iglesia, en Notre Dame. Pero quizá las veladoras encendidas o los vitrales luminosos no permitieron que vieras lo importante: la cruz, el lugar donde Jesús dio su vida por ti. Espero le hayas conocido; ruego que hayas tenido un encuentro con él.

Te lo digo de corazón a corazón. No te juzgo, pues si yo no conociera a Jesús, quizá seguiría el mismo camino que tú elegiste; tal vez me sentiría igual de confundida y sola. Y por eso no me canso de darle gracias a Dios porque me ha permitido acercarme a él. Nada, en este mundo, da sentido a la vida como él.

Tu compatriota,

Keila

1 de diciembre de 2009

Divagando sobre la generosidad

Leí ayer una frase que llamó mi atención. Contaba la historia de una viuda pobre que dio una ofrenda de dos blancas, dos monedas de poca monta. Pero lo que le atrajo, fue una frase en la que Jesús se refiere al resto de los dadores. Dice que ellos daban de lo “mínimo que les sobraba”.

Esta frase me sacudió. ¿Por qué? Porque me parece que hablaba de mí, y de muchos más de este siglo y época moderna. ¿Cuánto damos? ¿Cuánto de nuestro dinero usamos para el beneficio de los demás? Se acercan fechas de alegría y de buena voluntad, pero ¿hasta dónde va nuestra generosidad?

Quizá traducimos nuestro altruismo como dar lo mínimo de lo que nos sobra. Después de pagar deudas, comprarnos regalos a nosotros mismos y a la familia, invertir en comida para el gran banquete navideño, entonces, de lo que nos sobra, quizá damos unas cuantas moneditas.

¿Y a eso llamamos generosidad? ¿Eso consideramos que se encuentra en la liga de un corazón compartido y compasivo? Si lo escribo, es porque cojeo de este pie, el del dinero. Sinceramente, me siento avergonzada porque no he aprendido a dar, mucho menos como esa viuda pobre. Ella dio todo lo que tenía. Unos, en cambio, solo damos lo mínimo de lo que nos sobra.