
Durante la Navidad, aparecen las curiosas galletas de jengibre en forma de muñeco o muñeca, con una sonriente carita formada por gomitas, dulces y chocolates. Debo confesar que me gustan desde niña. Principalmente me gustaba hacerlas en casa, con mi mamá.
Ella preparaba la masa, y me asombraba el uso de la batidora. Se veía como algo difícil y sofisticado. Luego tomaba el rodillo con el que aplanaba la masa. De repente, sacaba el cortador de galletas; uno en forma de niño, otro en forma de niña. Mis hermanas y yo discutíamos quién usaría cual. Éramos tres, lo que complicaba la situación.
Una vez que marcábamos la masa y la colocábamos (ya con la figura pertinente) en la charola engrasada, decorábamos nuestros muñequitos. Mi mamá nos proporcionaba una diversidad de dulces pequeños con los que ubicábamos ojos, narices, bocas, corbatas, botones del vestido y alguna que otra ocurrencia.
Mi madre metía las bandejas al horno y venía el tiempo más complicado: la espera. Giraba la perilla del medidor de minutos y las tres decidíamos ir a jugar. En alguna ocasión me tentó la idea de quedarme frente a la puerta del horno, pero no aguanté ni cinco minutos.
Finalmente, el milagro ocurría. El timbre del medidor nos recordaba las galletas. Corríamos a la cocina inundada del delicioso aroma del jengibre y la masa horneada. Mi madre abría la puerta y las tres exclamábamos con alegría. ¡Las galletas vivían! Después entraba la discusión. ¿Podíamos comer una? No hasta que se enfriaran.
Recuerdos, Navidades, sonrisas. Galletas de jengibre.
Ella preparaba la masa, y me asombraba el uso de la batidora. Se veía como algo difícil y sofisticado. Luego tomaba el rodillo con el que aplanaba la masa. De repente, sacaba el cortador de galletas; uno en forma de niño, otro en forma de niña. Mis hermanas y yo discutíamos quién usaría cual. Éramos tres, lo que complicaba la situación.
Una vez que marcábamos la masa y la colocábamos (ya con la figura pertinente) en la charola engrasada, decorábamos nuestros muñequitos. Mi mamá nos proporcionaba una diversidad de dulces pequeños con los que ubicábamos ojos, narices, bocas, corbatas, botones del vestido y alguna que otra ocurrencia.
Mi madre metía las bandejas al horno y venía el tiempo más complicado: la espera. Giraba la perilla del medidor de minutos y las tres decidíamos ir a jugar. En alguna ocasión me tentó la idea de quedarme frente a la puerta del horno, pero no aguanté ni cinco minutos.
Finalmente, el milagro ocurría. El timbre del medidor nos recordaba las galletas. Corríamos a la cocina inundada del delicioso aroma del jengibre y la masa horneada. Mi madre abría la puerta y las tres exclamábamos con alegría. ¡Las galletas vivían! Después entraba la discusión. ¿Podíamos comer una? No hasta que se enfriaran.
Recuerdos, Navidades, sonrisas. Galletas de jengibre.






