3 de junio de 2010

Hombres, al fin y al cabo


Cuando oigo fariseos pienso en hombres barbudos y túnicas blancas, con las cejas fruncidas y caminando en grupos, detrás de Jesús, siguiéndolo, acosándolo, acusándolo, dispuestos a atraparlo.

Pero, creo suponer que Jesús no los veía así. No veía a un grupo de tres o cuatro “serpientes” venenosas, aún cuando llegaron a exasperarlo varias veces. Quiero pensar —pues así entiendo que es Jesús— que veía hombres, uno a uno, de modo individual y personal, y que el corazón le dolía.

Le dolía notar su terquedad, su indiferencia, su ignorancia. Porque a pesar de saber mucho, sabían tan poco; porque a pesar de tener mucho, tenían tan poco. Veía hombres, al fin y al cabo, no mejores ni peores que sus discípulos, no mejores ni peores que nosotros. Simplemente hombres.

¿La diferencia? Decidieron no seguirlo. Decidieron no creerle. Decidieron no amarlo. Aún cuando él los amó.

1 comentario:

Isa dijo...

Así es el Señor: ¡Amor!
Saludos.

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