6 de diciembre de 2010

Cuando lo escrito se torna literal

He leído dicha historia cientos de veces. Hasta la podría recitar. Quizá hasta la he compartido con los niños o en alguna clase. Un joven rico se acerca a Jesús. ¿Qué hacer para heredar la vida eterna? Jesús le recuerda los mandamientos. No adulterar, no mentir, no robar. ¿Los ha guardado? El joven asiente. Ha cumplido en todo.

Entonces Cristo lo mira con ternura y le dice que una cosa le falta para ser perfecto. Vender todo lo que tiene, darlo a los pobres, seguirle. Es decir, despojarse de su seguridad económica, dejar aquello que le brinda cierta protección. Abandonar sus riquezas, sus comodidades, sus lujos. El joven se marcha. Jesús se entristece.

¡Qué difícil es para un rico entrar al reino de los cielos! ¿Entonces quién podrá? Jesús declara que lo imposible para el hombre, es posible para Dios. Y añade una promesa. Quien deje casa, madre, padre, hermanos, tierras, recibirá más en esta vida y en la venidera. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Qué tanto? Nadie pregunta; Jesús no detalla.

De pronto, esta historia se convierte en algo literal. No es más una historia antigua, sino mi propia vida. Me veo allí, en un sendero de la Palestina, orgullosa porque he vivido (en mi opinión) a la altura de las expectativas. Pero Jesús me mira y me recuerda que algo me falta. Despojarme, desprenderme, echar fuera del trono de mi corazón la seguridad económica.

Y no hablo de una parábola o una alegoría, una ilustración o una imagen; sino de algo literal. Dejar ir, dejar atrás. Y me encuentro como ese joven rico: en la misma encrucijada. Conozco la promesa, pero el corazón se resiste. Y es allí, cuando la Biblia se vuelve literal, que el corazón debe decidir y un poco más de mí morir. ¿Qué hacer? ¿Imitar al joven rico y marchar de vuelta a las comodidades? O como los discípulos, ¿aceptar el reto?

Ahí está la cuestión.

1 comentario:

T-1000 dijo...

Hola Keila,
Tú no me conoces; yo a tí tampoco. Sin embargo, hace aproximadamente un año y medio, tuve la oportunidad de ir a Tehuacán, Puebla, donde vive un apreciado conocido mío. Este amigo, hermano en el amor de Cristo - Michel, y sus padres me obsequiaron un libro de tu autoría. El título "Palomas". Desde entonces, hasta hace apenas unos días, no lo había leído. Excusas sobran y faltan. A pesar de eso, esta vez que lo tomé para leerlo cuidadosamente, descubrí un gran tesoro. El libro me pareció magnífico; exquisito, diría yo. No sólo es la gramática o la poética que imprimes en cada página sino que, claramente, se puede sentir el fervor conforme van pasando las palabras. Hace tiempo había buscado algo así: algo que me transportara a los paisajes de la Biblia y me comunicara la grandeza del Todopoderoso a través de la narrativa. En este libro lo encontré. Al finalizar el libro, no pude evitar que las lágrimas fluyeran. Gracias a Dios, fue una experiencia muy, muy agradable. Y, espero, con ansias, poder leer algo más de tu autoría pronto.

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