25 de febrero de 2010

Él grande, yo pequeña


¿Y quién es él? ¿Quién es éste al que decimos adorar? Aprendemos en la Biblia mucho sobre su persona. Pero hoy quiero pensar en que Dios es grande. Así de fácil, llanamente sencillo. Dios es grande. ¿Y qué implica esto? Que yo soy pequeña. Que mi mundo es pequeño. Que el resto es pequeño.

Leemos que “Dios es grande, pero no desestima a nadie” (Job 36:5). A pesar de su grandeza, no desprecia al ignorante ni al diminuto, al inocente o al pecador. Hoy vemos que los “grandes” hacen menos a los que no alcanzan su altura. Los grandes se vuelven famosos, y se refugian en su nicho. Si acaso mandan dinero a los necesitados, pero no conviven con ellos.

Es como si, por ejemplo, Bill Gates o algún poderoso narcotraficante (porque en el día de hoy estos personajes son grandes en fuerza y poder), se hubieran ido a vivir a Haití. Probablemente dieron dinero, poco o mucho, pero no hay como ir y sufrir con los desamparados. Dios hizo eso y más. A través de su Hijo, Dios mismo, nuestro Dios grande, vino a nuestro pequeño mundo y convivió con nosotros.

Y aún hoy, este Dios grande, se complace en pasar tiempo con los pequeños, los diminutos. Leemos que “Dios es grande, y nosotros no le conocemos, ni se puede seguir la huella de sus años” (Job 36:26). En otras palabras, no podemos comprender el tamaño ni la edad de un Dios infinito.

Así que, Dios es grande, yo pequeña, pero puedo exclamar con el salmista en gratitud y admiración: “¿Qué dios es grande como nuestro Dios?” (Salmo 77:13).

22 de febrero de 2010

El engaño de las riquezas

Porque a veces creo que con un poquito de dinero mi vida sería mejor, perdóname. Porque sé que más que riquezas te necesito a ti.

Porque a veces me siento confiada y segura debido a mi cuenta en el banco, perdóname. Porque sé que los tesoros más grandes no son económicos.

Porque a veces me alegro cuando veo que no sufro como los demás, perdóname. Porque sé que tú aprecias más la compasión y el contentamiento.

Porque a veces sueño con maneras de enriquecerme más, perdóname. Porque sé que debería ocupar ese tiempo para convivir contigo.

No permitas que las espinas del engaño de las riquezas ahoguen esta semilla verde, titubeante y frágil. Ayúdame.

18 de febrero de 2010

Divagando sobre la lejanía


Comparo mi cercanía a mi esposo, en apenas meses de casada. Me entristezco al ver la lejanía en otras parejas, de muchos años juntos.

Comparo mi deleite en pasar tiempo con mi esposo, en apenas meses de casada. Me duele ver que otros prefieren pasar tiempo lejos el uno del otro.

Cercanía. Lejanía. De repente, en alguna pareja de años, se perciben destellos de cercanía. Pero en la mayoría de los casos, se agranda la brecha. ¿Qué pasó? Problemas económicos (él quedó desempleado, ella provee más que él). Problemas de infidelidad (surge un tercer elemento, a veces en toda su extensión, otras solo en amistad, pero finalmente hay un tercero). Problemas espirituales (uno siguió avanzando, el otro se estancó). Problemas afectivos (uno sigue amando, el otro se ha vuelto indiferente). Problemas de ocupación (ya no comparten pasatiempos, objetivos, metas).

Cercanía. Lejanía. ¿Quién tiene la culpa? En una relación siempre hay dos.

Cercanía. Lejanía. ¿Hay esperanza? ¿Se puede regresar a la época de recién casados? No se puede. Pero existe algo mejor. Un nuevo futuro, ya no con la inmadurez de los recién casados, sino con el vino añejo de la adultez.

La posibilidad de mejorar una relación es posible, solo hace falta voluntad, entrega, compasión. Voluntad. Querer luchar por el ideal del pasado. Entrega. Sacrificio, trabajo, morir a los propios deseos y ver por el otro. Compasión. Porque al final de cuentas, este elemento es trascendental. Implica comprensión, sujeción, misericordia.

Cercanía. Lejanía. ¿Dónde estoy? ¿Dónde estás? ¿Dónde estamos? ¿Dónde debemos estar?

15 de febrero de 2010

Una vida torcida


En mi vida ha habido ocasiones en que mi futuro se ha visto truncado, o herido, o afectado. De repente, al dirigir mis párpados hacia lo que tengo delante, no percibo una senda pavimentada y recta, sino una torcida y pedregosa.

Entonces vienen la desesperanza, la desilusión, la derrota. ¿Y ahora qué? Pero encontré un proverbio, ya conocido, pero olvidado por mi mente, que me ha traído consuelo y paz.

“Reconócelo en todos tus caminos, y Él enderezará tus veredas”.

¡Qué cierto! ¡Qué maravilloso! Él enderezará mis veredas, porque es el experto en reconstrucción, en restauración, en motivación. Porque él, y solo él, sabe tomar esas curvas y alinearlas, sabe cómo allanar el camino y volverlo suave.

¿Qué me toca a mí? Reconocerlo. Aceptar que de su mano viene todo; pedir su consentimiento en todo. Así que, aún cuando cometa equivocaciones, aún cuando parezca que todo está perdido, siempre puedo confiar en que él enderezará mis veredas.

11 de febrero de 2010

El color de Dios


Rang-e Khoda, con su traducción literal en persa “El Color de Dios”, y su título en el resto del mundo, “El Color del Paraíso”, es una película conmovedora. Trata de Mohammad, un niño ciego a quien su padre no lo quiere. Sale de la escuela y regresa a la aldea, al calor y amor de su abuelita. Pero su padre lo lleva con un carpintero también ciego para que sea su aprendiz.

En dicha escena surge la frase que me conmovió hasta las entrañas, profunda y sólida, real y desgarradora.

“Nadie me ama porque soy ciego”.

¿Cuántos niños en el mundo sienten lo mismo? ¿Cuántas personas deambulan con el mismo lema? Nadie me quiere. ¿Por qué? Porque soy fea, porque soy alta, porque soy morena, porque soy torpe, porque soy discapacitada.

“Nuestro profesor dice que Dios ama más a los ciegos porque ellos no pueden ver. Pero yo le dije que si así fuera, no nos hubiera creado ciegos para no verlo”.

¿Cuántos no pensamos lo mismo? Si Dios me amara, me hubiera hecho más bonita, más rica, más inteligente. ¿Y tiene razón el maestro? ¿Dios ama más a los ciegos? Creo que Dios ama más al pecador, y como todos somos pecadores, Dios nos ama a todos. Pero puedo creer —simplemente al repasar cómo vivió Jesús en la tierra—, que Dios tiene especial cuidado de los enfermos.

“Mi profesor respondió: —Dios no es visible. Él está en todos lados. Lo puedes mirar a través de las yemas de tus dedos”:

Y así, a través de la película, observamos los dedos traviesos de Mohammad acariciando las flores y la arena del mar, rescatando a un pajarillo y obsequiando pequeños presentes.

“Así que ahora me estiro hacia todos lados para alcanzar a Dios, hasta el día que mis manos lo toquen y le pueda decir todo, aún los secretos de mi corazón”.

Mohammad expresa el anhelo más profundo del corazón humano, tocar, ver, hablar con Dios. Tristemente, en el país donde vive Mohammad, no se cree que ya desde hoy podamos hacer lo mismo. Yo solo sé que no puedo tocar a Jesús —aún—, ni puedo ver sus colores —aún—, pero sí puedo decirle todo, aún los secretos de mi corazón. ¡Cómo me gustaría dar esta buena noticia al pequeño Mohammad!

8 de febrero de 2010

Divagando sobre el amor de Dios

Santa Teresa de Ávila lo dijo: “¡Oh Dios mío, no te amo; ni siquiera deseo amarte, solo quiero querer amarte”.

Yo solo divago.

Tuvo razón. Por naturaleza no amamos a Dios. No se nos da. Así como tampoco se nos da amar a los demás. Somos seres egoístas. Quizá el único “amor” sincero lo rendimos a nosotros mismos, a nuestro yo.

Tuvo razón. Tampoco deseamos amar a Dios. Si acaso, nos esforzamos por amar a nuestra pareja cuando ésta nos irrita, o ponemos de nuestra parte para amar a un hijo rebelde, pero ¿a Dios?

Tuvo razón. En el fondo, anhelamos querer amar a Dios. Buscamos llenar ese vacío espiritual que abunda en nosotros.

Ella lo dijo. Yo divago y repito: “¡Oh Dios mío, no te amo; ni siquiera deseo amarte, solo quiero querer amarte”.

6 de febrero de 2010

Preguntas sin respuesta


Solo me pregunto respecto al cine y las películas de moda:

¿Por qué, si plasmamos tanto sobre el daño que hacemos a la naturaleza y sus consecuencias en el futuro, seguimos destruyendo el planeta?

¿Por qué hablamos de espiritualidad y no de Dios?

¿Por qué la violencia sigue siendo el elemento más atractivo de las películas?

¿Por qué en unas películas las máquinas (robots, androides, etc.) salvan al hombre y en otras lo destruyen?

¿Por qué los efectos visuales embotan nuestros sentidos de modo que somos presa fácil para la ideología que propone el guionista? (Me refiero a que nos rehusamos pisar una iglesia o un lugar donde se nos adoctrinará, pero no tenemos ningún problema con que una película en tercera dimensión haga lo mismo).

¿Acaso se ha vuelto tan aburrido y trivial enamorarse de otro ser humano que ahora debemos soñar con amar a un vampiro o una alienígena?

Aclaro que algunas películas en cartelera me han gustado. Solo me pregunto…

4 de febrero de 2010

Carta a Betty

Querida tía,

Perdona que te escriba, pero es lo que —se supone— sé mejor hacer. La última vez que te vi fue en Navidad. Si bien la enfermedad te tocaba, tu alma y tu espíritu seguían intactos. Animosa, juguetona, interesada en tu alrededor. ¿Sabes que eres? Una mujer virtuosa.

No puedo expresar con claridad mis sentimientos, pero te puedo decir esto con todo el corazón: siempre te he admirado. Pudiera hacer una lista de tus cualidades, pero me quedaría corta, así que, como si nos estuviéramos tomando una taza de café o té en tu casita, me pongo a recordar:

Las comidas en tu casa, alrededor de prácticos y sencillos almuerzos, pero siempre con un sabor especial. Aunque la conversación superaba a los alimentos. Íbamos de temas espirituales a musicales, de divagaciones sobre la vida a planes futuros. Siempre interesada en los demás. Siempre dando tu tiempo.

Las ocasiones especiales. Conciertos, salidas, visitas al DF. Conversaciones, nuevamente, pláticas significativas. Compartiendo confidencias, aún de las más íntimas. Dando consejos y tu sonrisa.

Los juegos. Tú organizando, riendo, proponiendo. Buscando que todos estuvieran a gusto y pudieran disfrutar la velada. El alma de la fiesta, y al mismo tiempo la que solo observaba.

Gracias por tu amor, tu amistad, tu apoyo, tu comprensión, tu sensibilidad. Gracias por ser mi fiel lectora —aún del libro que todavía no se publica. Gracias por ser una tía sonriente y animadora. Gracias por ser una amiga en los días oscuros. Gracias por ser una madre ejemplar. Gracias por ser una esposa idónea. Gracias por ser una hija de Dios transparente y vital. Gracias por ser una mujer virtuosa. Gracias por ser tú.

Ahora las lágrimas nublan la visión, pero sabemos que estás en brazos de Jesús, y que después de que hables con él y le cuentes todos tus secretos, te estarán aguardando otros pares de brazos, los de tu papá y tu mamá, quienes de seguro te recibirán con todo el amor del mundo.

Nosotros acá te echaremos de menos. Pero allá, sin más dolor, sin más enfermedad, estarás esperándonos también con los brazos abiertos.

Te amo.

3 de febrero de 2010

Divagando sobre una riqueza inusual

Me topé con este texto bíblico que me dejó fría: “La verdadera sumisión a Dios es una gran riqueza en sí misma”. 1 Timoteo 6:6 (Nueva Traducción Viviente).

Pasé toda una noche meditando en estas palabras. Había vivido unos días de mucha tensión y cansancio, y en medio del insomnio, masticaba la frase una y otra vez. ¿Cuál es la verdadera sumisión a Dios?, me preguntaba.

La definición que más me ha gustado dice que someterme implica no salirme con la mía. Entonces reflexioné en que muchos de mis corajes del día rondaban alrededor de dicho punto. Quería que se hicieran las cosas a mi manera, en los tiempos que me convinieran, del modo que más me placiera. Así vivimos, con agenda en mano, procurando que todo gire alrededor de nuestros intereses, sin realmente ocuparnos de los demás.

¿Qué es lo opuesto a la sumisión? El egoísmo. Pensemos en un niño. Va por el centro comercial y todo quiere. Pide un auto de juguete, luego un helado, más tarde unas fichas para un videojuego. El padre titubea. No puede gastar tanto. Le da una que otra cosa, pero no todas, entonces el niño hace un berrinche. Egoísmo. Igual actuamos.

Lo opuesto, usando este burdo ejemplo, sería someternos a Dios. El niño pide el auto de juguete, el padre le dice que ya tiene dos. El niño lo acepta y sigue caminando. El niño exige un helado, el padre le recuerda que tiene tos y gripa. El niño lo acepta y sigue caminando. El niño suplica por un videojuego, el padre le permite jugar uno, no más. El niño lo acepta y sigue caminando.

¿Irreal? Por supuesto. ¿Ideal? Claro que sí. Sin embargo, no somos niños. Entendemos, como adultos, las razones detrás de una negativa, y aún si no las comprendiéramos deberíamos de ser capaces de aceptarlas tan solo porque vienen del Padre Eterno. Quizá por ello Dios nos recuerda que la sumisión es un tesoro.

Si el niño no hiciera tantos berrinches, sería más feliz. Si nosotros no quisiéramos salirnos con la nuestra todo el tiempo, viviríamos con más paz.

Solo señalo que el texto dice: “verdadera sumisión a Dios”. Existe una falsa piedad que fingimos frente a los hombres, donde supuestamente obedecemos, pero lo hacemos para nuestros propios fines (ganar algo, como reputación, confianza o dinero). Esa sumisión no trae riqueza.

Y yo… solo divago.

1 de febrero de 2010

Peter Pan: conclusión

Me quedo con tres ideas centrales que extraigo del análisis de estas cuatro mujeres, de diferentes edades, razas y situaciones sociales, pero que nos recuerdan la tragedia o la realidad de ser una mujer.

Primero, esa necesidad profunda de ser amadas. Wendy hace cosas para que Peter la quiera; Campanita lo divierte; Tigridia lo seduce; la señora Darling le da un beso. Peter Pan es uno y todos los hombres a la vez. Conserva lo que todas amamos del sexo opuesto: capacidad de olvidar, disfrute de la vida, pasión por las aventuras y una risa peculiar.

Segundo, ser mujer conlleva la gracia de dar, y lo digo con sumo respeto. No me parece degradante lo que Wendy hace por los demás, pues es su modo de expresar su afecto. Si bien exagera (y recordemos que esta es una obra de ficción), Barrie, en lo secreto, la admira y la ensalza como esa mujer que ama y se entrega. Quizá nos entristece saber que a Wendy se le ama por lo que hace, y no por lo que es, pero ¿no es lo mismo? ¿No es Wendy hacendosa porque así lo desea, y no son sus deseos sino el mapa de su alma?

Tercero, me conmueve pensar que las mujeres no hemos cambiado, ni lo haremos. La figura central de este libro, más que Peter o Wendy, se esconde detrás de la sonrisa silenciosa de la señora Darling, la madre de Wendy, quien ya conocía a Peter Pan. En el último capítulo leemos que Jane, la hija de Wendy, también se lo topa con él, luego su nieta, su bisnieta, y concluyo con una frase de Oscar Wilde: “Todas las mujeres llegan a ser como sus madres; esa es su tragedia. Ningún hombre lo hace. Ésa es la suya”.

¿De quién aprendemos el desprendimiento de nuestro tiempo para volcarnos en los demás? ¿Quién nos enseña a remendar la ropa o a dejar limpia la cocina? ¿Quién despierta de noche para arrullarnos después de una pesadilla? Tal vez esto no es una tragedia, sino un hecho contundente que nos hace lo que hoy somos: madres, esposas, hijas, amantes, mujeres. Seamos como Wendy, como Campanita, como Tigridia, como la señora Darling, hemos heredado y legaremos nuestra función como madres y mujeres a nuestras hijas, nietas y bisnietas. Pero para mí, esa no es una tragedia.