
¿Y quién es él? ¿Quién es éste al que decimos adorar? Aprendemos en la Biblia mucho sobre su persona. Pero hoy quiero pensar en que Dios es grande. Así de fácil, llanamente sencillo. Dios es grande. ¿Y qué implica esto? Que yo soy pequeña. Que mi mundo es pequeño. Que el resto es pequeño.
Leemos que “Dios es grande, pero no desestima a nadie” (Job 36:5). A pesar de su grandeza, no desprecia al ignorante ni al diminuto, al inocente o al pecador. Hoy vemos que los “grandes” hacen menos a los que no alcanzan su altura. Los grandes se vuelven famosos, y se refugian en su nicho. Si acaso mandan dinero a los necesitados, pero no conviven con ellos.
Es como si, por ejemplo, Bill Gates o algún poderoso narcotraficante (porque en el día de hoy estos personajes son grandes en fuerza y poder), se hubieran ido a vivir a Haití. Probablemente dieron dinero, poco o mucho, pero no hay como ir y sufrir con los desamparados. Dios hizo eso y más. A través de su Hijo, Dios mismo, nuestro Dios grande, vino a nuestro pequeño mundo y convivió con nosotros.
Y aún hoy, este Dios grande, se complace en pasar tiempo con los pequeños, los diminutos. Leemos que “Dios es grande, y nosotros no le conocemos, ni se puede seguir la huella de sus años” (Job 36:26). En otras palabras, no podemos comprender el tamaño ni la edad de un Dios infinito.
Así que, Dios es grande, yo pequeña, pero puedo exclamar con el salmista en gratitud y admiración: “¿Qué dios es grande como nuestro Dios?” (Salmo 77:13).


