Fobias. Porque todos las tenemos. O llamémosle miedos. Miedo a esto o aquello. He vivido con un miedo durante años que me dice que no puedo. Que esto no es para mí. Que jamás venceré esta impotencia.
Pero ha llegado el momento de enfrentar este miedo, de encararlo. Porque ahora no me afecta solo a mí, sino a terceros, y porque él ha prometido que “todo lo puedo”. Que él me fortalece.
Porque los miedos frenan, paralizan, perturban. Y si bien me podrían dar las muchas razones por las que “yo” puedo enfrentar esta situación, no quiero ni escucharlas. Porque son mentira. Mi única confianza es que en él, sí lo puedo todo.
Porque al enfrentar este miedo, no iré sola, sino de su mano. Porque al enfrentar esta fobia, no dependeré de mis esfuerzos ni mi propia inteligencia, sino de sus inagotables recursos. Y por eso venceré, porque él va delante, él va detrás, él va a mi lado. Y él hará desparecer mis miedos.
29 de marzo de 2010
25 de marzo de 2010
Divagando sobre un negocio propio

Toda mi vida he trabajado para otros, pero de repente me topo con una nueva faceta, desconocida e intimidante: un negocio propio. La responsabilidad se duplica, el tiempo de trabajo también, pero, a final de cuentas, tiene sus ventajas.
Así que rescato algunos paralelos de tener un negocio propio con la vida misma.
De ti depende que funcione. No puedes echarle la culpa a tus trabajadores —aún cuando los tengas—, ni tampoco a los demás.
Hay días buenos y malos. Temporadas de escasez y de abundancia, pero en cualquier circunstancia debe reinar la gratitud.
Levantar o crear algo es un don de Dios. No hay nada como empezar con cuatro paredes deslavadas y terminar con un negocio pintado, acondicionado y amueblado, con brillantes letras que anuncian su giro. La satisfacción quizá se compararía —en un grado mucho menor— a la que sintió Dios cuando terminó la creación y vio que era bueno.
La perseverancia es la que cuenta. La vida, en resumidas cuentas, no es una carrera de cien metros, sino un maratón. A veces nos gustaría más un negocio multimillonario, esos que de la noche a la mañana crecen y prosperan, pero con la misma rapidez caen y desaparecen. En lo importante —relaciones personales—, la perseverancia es un factor trascendental.
Y yo, solo divago…
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Divagaciones
22 de marzo de 2010
Buenos consejos
De mis amigas recibo buenos consejos. En resumen, en estos meses de recién casada, uno de ellos sobresale: sé flexible, coopera, no luches contra Dios ni contra ti misma. Sabias palabras, difícil tarea.
Mi personalidad me torna en una rebelde sin causa, una persona que gusta de tener todo bajo control. Pero he notado que cuando me opongo a lo que viene, más me canso, incluso me enfermo. Y cuando lo disfruto, cuando acepto el repentino cambio de planes, las cosas marchan mejor.
Aún así, no me resulta sencillo. Pero ahí voy, aprendiendo y aprendiendo, consciente que solo sé que no sé nada, ondeando una bandera de “novata”, y agradeciendo a Dios por esta oportunidad que me da de tener un maravilloso esposo.
Mi personalidad me torna en una rebelde sin causa, una persona que gusta de tener todo bajo control. Pero he notado que cuando me opongo a lo que viene, más me canso, incluso me enfermo. Y cuando lo disfruto, cuando acepto el repentino cambio de planes, las cosas marchan mejor.
Aún así, no me resulta sencillo. Pero ahí voy, aprendiendo y aprendiendo, consciente que solo sé que no sé nada, ondeando una bandera de “novata”, y agradeciendo a Dios por esta oportunidad que me da de tener un maravilloso esposo.
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De todo un poco
18 de marzo de 2010
Él vida, yo muerte

¿Cómo es él? Él es vida. No solo produce y crea vida, sino que su esencia misma es viva. En él no hay muerte, sino eternidad. No hay deterioro, sino fortaleza y belleza. Él es por siempre y para siempre.
Yo soy muerte. En mi cuerpo comienzan a reflejarse las señales de la vejez. Las enfermedades me amenazan, los desastres naturales me rodean. Ni siquiera si tuviera todo el dinero del mundo podría evitar mi muerte. Esta llega, tarde o temprano.
Pero él es vida, y me ha prometido vida. Cuando yo muera, no será el fin, sino el principio. Aclaro que todo ser humano es eterno. Eso lo ha dicho él –quien no miente. Todos los hombres tenemos almas eternas, pero todos hemos sido condenados a muerte eterna, es decir, separación de Dios.
Sin embargo, porque él es vida, nos quiere dar vida, y nos ofrece un camino sencillo, pero complicado. Sencillo porque es gratuito. Complicado porque implica reconocer que él es Dios. Yo he elegido la vida. ¿Y tú?
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Del Gran Libro
15 de marzo de 2010
Él verdadero, yo mentirosa
¿Y cómo es él? Él es verdad. Él no titubea. No cambia de opinión. No miente. No hay falsedad en sus palabras ni en sus acciones.
Yo he aprendido a dudar en lo que otros me dicen; he aprendido a sospechar de los que me rodean. Porque llamo y se niegan a atenderme, aún cuando sé que están en casa; porque pregunto si luzco bonita y dicen que sí, pero a mis espaldas critican mi vestido; porque me prometen cosas que no cumplen.
Y por otro lado, yo soy igual. Me llaman y me niego; me preguntan y evado; prometo y no cumplo. He aprendido a mentir, me he acostumbrado a mentir. Porque incluso he caído en la trampa de llamar a algunas mentiras “blancas”, y así excusarlas.
Pero si bien quizá hemos sido traicionados, heridos y ofendidos por las mentiras de los demás, él no miente. Él jamás lo ha hecho ni lo hará. Él es verdad. Su palabra es de fiar. Y esta realidad es —tal vez— una de las razones más fuertes para atraernos a su persona.
Hastiados por las falsedades de otros, decepcionados por tantas máscaras, cansados de tantas mentiras, podemos acudir a él, y saber que, a ciencia cierta, él no miente.
Yo he aprendido a dudar en lo que otros me dicen; he aprendido a sospechar de los que me rodean. Porque llamo y se niegan a atenderme, aún cuando sé que están en casa; porque pregunto si luzco bonita y dicen que sí, pero a mis espaldas critican mi vestido; porque me prometen cosas que no cumplen.
Y por otro lado, yo soy igual. Me llaman y me niego; me preguntan y evado; prometo y no cumplo. He aprendido a mentir, me he acostumbrado a mentir. Porque incluso he caído en la trampa de llamar a algunas mentiras “blancas”, y así excusarlas.
Pero si bien quizá hemos sido traicionados, heridos y ofendidos por las mentiras de los demás, él no miente. Él jamás lo ha hecho ni lo hará. Él es verdad. Su palabra es de fiar. Y esta realidad es —tal vez— una de las razones más fuertes para atraernos a su persona.
Hastiados por las falsedades de otros, decepcionados por tantas máscaras, cansados de tantas mentiras, podemos acudir a él, y saber que, a ciencia cierta, él no miente.
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Del Gran Libro
11 de marzo de 2010
Él santo, yo pecadora
¿Y cómo es él? Tres veces se le dice santo, para dar énfasis, para que nadie lo olvide. Él es santo, algo que me incomoda y me aterra. Porque si él es santo, no puede ver pecado, no puede convivir con los impuros.
¿Qué implica ser santo? Que está apartado del mal, que no existe en él ni siquiera la sombra de la maldad, que en su ser no hay contrariedad ni error. Su santidad implica perfección, algo que también me eriza la piel. ¡Cuán majestuoso es reconocer que él es santo!
Y solo basta mirar al espejo de su santidad para comprender que yo soy pecadora. Que en mí no habita la perfección, sino todo lo contrario. Que en mí existen impulsos de ofender y lastimar a los demás, que en mí hay algo que se opone a Dios, no una vez, sino siempre.
Pero me asombra meditar en su santidad, porque aún cuando resulta imposible rozar el estrado del trono de su santidad, por gracia (favor inmerecido), yo, una pecadora, gracias a que Jesús murió, puedo acercarme, y no de puntillas, sino confiadamente.
Yo, una pecadora, incluso puedo soñar con que un día seré santa, como él. Ya no habrá en mí pecado. Aunque aclaro que no seré como Dios (eso predican otros). Más bien me refiero a que seré santificada, hecha pura y limpia, preparada y lista para entrar a aquel lugar repleto de su santidad. ¡Qué maravilla!
¿Qué implica ser santo? Que está apartado del mal, que no existe en él ni siquiera la sombra de la maldad, que en su ser no hay contrariedad ni error. Su santidad implica perfección, algo que también me eriza la piel. ¡Cuán majestuoso es reconocer que él es santo!
Y solo basta mirar al espejo de su santidad para comprender que yo soy pecadora. Que en mí no habita la perfección, sino todo lo contrario. Que en mí existen impulsos de ofender y lastimar a los demás, que en mí hay algo que se opone a Dios, no una vez, sino siempre.
Pero me asombra meditar en su santidad, porque aún cuando resulta imposible rozar el estrado del trono de su santidad, por gracia (favor inmerecido), yo, una pecadora, gracias a que Jesús murió, puedo acercarme, y no de puntillas, sino confiadamente.
Yo, una pecadora, incluso puedo soñar con que un día seré santa, como él. Ya no habrá en mí pecado. Aunque aclaro que no seré como Dios (eso predican otros). Más bien me refiero a que seré santificada, hecha pura y limpia, preparada y lista para entrar a aquel lugar repleto de su santidad. ¡Qué maravilla!
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Del Gran Libro
8 de marzo de 2010
Él luz, yo sombras

¿Cómo es él? Se nos dice claramente que Dios es luz, y en él no hay tinieblas. La luz la definimos como energía, algo que produce visibilidad. La oscuridad, sin embargo, carece de energía. Podríamos decir que es la ausencia de luz.
Él es luz. Él es energía. Él es vida. Por eso, cuando vino a este mundo alumbró a su alrededor. Su presencia reflejó las sombras que rodeaban nuestros corazones; su persona reveló las tinieblas que han permeado el universo.
Él es luz, y al venir a este mundo, nos ofreció dos opciones: luz o tinieblas. Tristemente, los seres humanos optamos por las tinieblas. ¿Por qué? Porque ocultan nuestras acciones, que por lo general son malas. La oscuridad, en otras palabras, disfraza lo que existe en nuestro interior.
Pero cuando venimos a él, su luz nos ilumina. Y por eso, como él es luz y anda en luz, resulta contradictorio que los que decimos pertenecerle andemos aún en las tinieblas y nos cobijemos bajo la oscuridad.
Por dicha razón, digo que soy sombras. Porque aunque la luz ha inundado mi corazón y aún cuando amo la luz, en ocasiones, cuando permito que el rencor o el enojo me domine, me refugio bajo las sombras.
Agradezco que nunca más volveré a las tinieblas. Él me ha rescatado y sus promesas son verdaderas y fieles; pero me apena continuar con esta dualidad, y por eso, aunque a las sombras me gusta acudir, quiero andar en la luz de quien es luz y todo ilumina.
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4 de marzo de 2010
Él amor, yo egoísmo

¿Y cómo es él? Él es amor. Su esencia es el amor, un amor que es más que un sentimiento; es una forma de ser. Es lo que nos mueve a dar, a sacrificar, a sufrir, a entregar. Es el amor que cree en el otro hasta el final; es el amor que espera hasta el último momento; es el amor que soporta todo por el bien del otro.
Dios es amor. Yo soy egoísmo. Me parece que el antónimo más propio de esta cualidad de Dios es el egoísmo. No es tanto el odio, porque al examinarme no me veo odiando a todo ser humano. Pero sí me veo protegiendo mi yo, negándome a dar, a sufrir, a soportar, a esperar.
Porque pienso que merezco algo mejor, y que el otro es el malvado. Porque condeno y no deseo darle al otro una segunda oportunidad. Porque busco mi propia comodidad por encima de cualquier cosa.
Pero él es amor. Él lo ha dado todo: ha sufrido, ha soportado, y lo sigue haciendo aún cuando le paguemos con mal. Él es amor, y cuando medianamente percibimos destellos del amor verdadero en el mundo o en los que nos rodean, le vemos a él.
Él es amor, yo egoísmo. Pero de repente, cuando estoy enferma y alguien se desvela por cuidarme, le veo a él, veo su esencia. Cuando me he quedado sin dinero y alguien me envía unas monedas, le veo a él, veo su esencia. Porque el hombre no podría amar si Dios no amara. Porque el amor es su sello, y se vuelve el sello de sus seguidores, y esporádicamente incluso de sus criaturas.
Así que puedo decir, Dios es amor. Quiero ser como él y desprenderme de mí misma. Pues las pocas veces que lo he logrado, he experimentado un gozo superior e incomparable que hace que la vida valga la pena.
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Del Gran Libro
1 de marzo de 2010
Él fiel, yo infiel
¿Y cómo es él? Es fiel. Así de fácil. Él cumple sus promesas. Su sí es sí y su no es no. No falla, no miente, no engaña. No decide elegirme para luego buscar a alguien más.
Leemos en 1 Corintios 1:9 que “fiel es Dios”. A pesar de los problemas y las angustias, en medio de días difíciles y nublados, Dios nos mantendrá firmes. Es decir, Dios se ha comprometido a una cosa: hacernos a la imagen de su Hijo; darnos las cualidades que Jesús tuvo. Y nada lo detendrá para lograr este fin. Ni siquiera nosotros mismos.
Dios se ha comprometido a presentarnos perfectos para aquel día en que la muerte nos reclame. Dios queda con nosotros en que él se encargará de que nadie nos reproche en aquel día que no se logró el propósito. Depende de él, y así será.
Es más, para lograr esto, Dios ha dicho que no llegarán tentaciones más duras de las que podamos soportar. Ante cada prueba nos dará la salida, el modo de contrarrestar la fatiga, la desilusión, la ira.
Dios es fiel. No cambia. No ayuda un día sí y un día no. Él es fiel, yo infiel. Porque a veces pongo mi vista en alguien más. Porque en ocasiones no le creo. Porque dependo de mis sentimientos, más que en sus promesas, al andar por la vida.
Creador fiel. Fiel y verdadero. Él no puede negarse a sí mismo, así que, a pesar de mis infidelidades, él permanece fiel. Pero eso no me da derecho a continuar con mis infidelidades. Antes bien, quiero corresponder a esa fidelidad, porque él es fiel y cumplirá su promesa de hacernos perfectamente santos; él es fiel, así que nos mantendrá firmes y nos protegerá del mal.
Leemos en 1 Corintios 1:9 que “fiel es Dios”. A pesar de los problemas y las angustias, en medio de días difíciles y nublados, Dios nos mantendrá firmes. Es decir, Dios se ha comprometido a una cosa: hacernos a la imagen de su Hijo; darnos las cualidades que Jesús tuvo. Y nada lo detendrá para lograr este fin. Ni siquiera nosotros mismos.
Dios se ha comprometido a presentarnos perfectos para aquel día en que la muerte nos reclame. Dios queda con nosotros en que él se encargará de que nadie nos reproche en aquel día que no se logró el propósito. Depende de él, y así será.
Es más, para lograr esto, Dios ha dicho que no llegarán tentaciones más duras de las que podamos soportar. Ante cada prueba nos dará la salida, el modo de contrarrestar la fatiga, la desilusión, la ira.
Dios es fiel. No cambia. No ayuda un día sí y un día no. Él es fiel, yo infiel. Porque a veces pongo mi vista en alguien más. Porque en ocasiones no le creo. Porque dependo de mis sentimientos, más que en sus promesas, al andar por la vida.
Creador fiel. Fiel y verdadero. Él no puede negarse a sí mismo, así que, a pesar de mis infidelidades, él permanece fiel. Pero eso no me da derecho a continuar con mis infidelidades. Antes bien, quiero corresponder a esa fidelidad, porque él es fiel y cumplirá su promesa de hacernos perfectamente santos; él es fiel, así que nos mantendrá firmes y nos protegerá del mal.
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