29 de noviembre de 2010

Integridad

Ciertos hombres desean desacreditarlo. No les conviene tener a un hombre como él en el gobierno por muchas razones. En su opinión, es una amenaza y un obstáculo para su ascenso. Quedó como uno de los tres gobernadores de la región y bajo él se encuentran estos inconformes y ambiciosos animales de la política. Pero, ¿no dice el dicho que “quien no tranza, no avanza”? ¿No dicen que los políticos mienten por oficio? En la política existe la corrupción, o más bien, la política es sinónimo de corrupción. Pero, ¿qué de este hombre?

Cualquiera diría que se cree superior. De hecho, se rumora que el mandamás lo elevará para convertirlo en su mano derecha. ¡Su confidente! ¡Impensable! Afortunadamente, en la política hay diversas formas de desprestigiarlo, así que estos inconformes ponen manos a la obra. Envían a sus hombres para encontrarle algún escándalo o algún secreto de su pasado: una amante, un hijo ilícito, evasión fiscal, cargos criminales en su juventud, pero día tras día, estos espías de la moral regresan cabizbajos. No encuentran cómo acusarlo. Ninguna falta, ningún vicio. ¿Cómo hundir a un hombre que sabe cómo nadar? ¿Cómo hacer tropezar a quien siempre vigila el piso?

Solo existe una estrategia: atentar contra su fe. Inventarán una ley, crearán un foso donde echarán leones hambrientos. ¿Vencerán? ¿Lo pondrán en vergüenza delante del jefe?

Dios bendice a los íntegros, es decir, a los que están completos —no divididos— en su decisión por seguirlo. Dios bendice a los que van por buen camino y esto les trae dicha, aún cuando no los veamos riendo y saltando todo el tiempo. Daniel fue bienaventurado, porque anduvo en la ley de Jehová.

25 de noviembre de 2010

No me dejes enteramente

Teme muchas cosas, pero sobre todo, le aterra pensar que terminará abandonado. ¿Será que Dios se ha rendido y lo considera caso perdido? ¿Será que lo dejará a su suerte en ese momento trascendental? Reconoce sus errores del pasado y el hecho de que sus desgracias actuales son producto de su pecado y de su desobediencia. Pero, ¿quizá Dios le ayudará una vez más?

Escucha las voces de la multitud reunida, gritos y blasfemias, burlas e imprecaciones contra él y su Dios. Halagos y adulaciones al dios-pez, algunas piedrecillas y cosas húmedas —tal vez frutillas— que se estrellan contra su cuerpo y lo dejan pegajoso. Los olores se funden en una mezcla a sudor y carne chamuscada, humo y estiércol. Un lazarillo lo coloca entre dos columnas. Él pierde el equilibrio y pide un sostén, lo que le trae una idea a la cabeza. El lazarillo lo acerca a las columnas. Sus rugosas manos, debajo de piel calluda e insensible, perciben la madera. ¿O será mármol? Distingue sus grabados con líneas rectas y curvas, quizá en forma de flores, animales o figuras de semidioses desnudos. Pensar en aquellas deidades paganas lo encoleriza, quizá porque le recuerdan a ella, la traidora y seductora hembra. Si hubiese atendido y guardado los mandamientos de Dios, esos paganos no se mofarían de sus creencias. ¿Lo abandonaría Dios por completo?

Lo intentará una vez más, se propone Sansón. Pues a pesar de su pecado, reconoce que en un último acto de obediencia, puede encontrar la venganza.

22 de noviembre de 2010

Por locura

En ocasiones no comprende qué o quién le juega bromas pesadas, ¿o será que él mismo se mete en tantos enredos? Ha esperado siete días, como le indicaron. Pero por ningún lado aparece el profeta. Nada en el horizonte revela su pronta aparición y él se encuentra en aprietos. Tiene una guerra que pelear y el ejército amenaza con desertar. No solo tiemblan de miedo, sino que no darán un paso sin pedir primero la aprobación de su Dios, aunque nadie lo sigue como antes, pero él comprende que la superstición es poderosa. ¿Qué se supone que debe hacer? No puede atacar pues él mismo teme que su Dios lo abandone o le haga perder; ya ha sucedido. Así que, sencillamente, lo ofrece él mismo.

¿A quién ofende? Dios comprenderá, se repite mientras el humo sube al cielo y huele a carne quemada. Finalmente, él es el rey y algún privilegio debe tener. Entonces, ¿por qué se siente tan mal? En eso, justo cuando el animal se ha consumido por completo, el profeta aparece de la nada. Peor aún, no lo saluda, sino que arruga la frente y le reclama su atrevimiento. Él le explica la situación y le recuerda que no fue él, sino el profeta, quien tardó más de lo previsto. Pero el profeta levanta la mano y apunta al cielo; aún no se pone el sol. ¿A qué tanta prisa? El rey insiste que se ha esforzado más de la cuenta para soportar al pueblo y ver cada detalle. ¿Qué más quiere? “Locura”, declara el profeta. El rey no guardó el mandamiento que Dios le había ordenado y por ese momento de debilidad, perderá el reino. No esperó. Aún más, olvidó que solo un descendiente de Leví puede ofrecer sacrificios.

¡Si tan solo sus acciones hubieran reflejado los estatutos de Dios! ¡Si hubiera esperado! Pero el hubiera no existe. Saúl ha perdido la corona, por no ordenar sus caminos y por no guardar los estatutos de su Dios.

18 de noviembre de 2010

Por amor

Se trata de una celebración especial, diferente a la de los dos años anteriores. Los mismos elementos ocupan la mesa, pero se percibe misterio e incertidumbre. Primero, él les lavó los pies, luego envió al tesorero fuera, todos suponen que de compras. Más tarde, le dijo al más impulsivo algo sobre un gallo, que nadie comprendió. Afortunadamente, toda esa solemnidad se diluye cuando él comienza a hablar con aquellas parábolas y frases estimulantes que les hinchan el pecho.

Les ruega que no se entristezcan y menciona unas moradas que irá a preparar para ellos. Les repite noticias que ya han escuchado sobre su padre, un camino y una creencia, pero de repente, los contempla con atención y pronuncia unas palabras extrañas. Si lo aman, les advierte, deben guardar sus mandamientos.

Los once se estremecen. Desde niños han guardado la ley, la que memorizaron como buenos judíos. Aunque resulta más complicado seguir al actual maestro, al que el impulsivo calificó como el hijo del mismo Dios, y algunos de ellos aún titubean ante dicha aseveración. Su nuevo maestro va más allá de todo; les enseña que no se debe matar, pero que el odio es igual de malo; no se debe adulterar, pero un pensamiento lujurioso ya es pecado. Por otro lado, los once lo aman. ¡Darían su vida por él! Si ese es el requisito, con gusto obedecerán. Solo basta que él exprese sus deseos para que ellos quieran satisfacerlos. De eso se trata el amor, y todos han recibido de sobra, de parte de su maestro.

Jesús ha ordenado que sus mandamientos se cumplan al pie de la letra, y los once discípulos, en especial Juan, graban sus palabras en sus corazones.

15 de noviembre de 2010

Con todo el corazón


A los veinticinco años ya es rey, y muere veintinueve años después. Restablece el culto en el templo —que su padre plagó con altares paganos—, anima al pueblo para celebrar la Pascua —habían olvidado su fiesta nacional—, y reorganiza el servicio de sacerdotes y levitas —ya nadie se acordaba para qué servían. Sus biógrafos, por lo tanto, escriben de él en primera plana: “buscó a su Dios, lo hizo de todo corazón”. ¿Y cómo se logra semejante hazaña? Propongo por lo menos dos ideas.

1. Decisión. Este rey no cuenta con el buen ejemplo de su padre, pues a él le califica como un rey malo que incluso mató a algunos de sus hijos en honor a dioses extraños y sangrientos. Pero su hijo, el rey al que nos referimos, decide seguir los pasos de otro de sus antepasados, y en lugar de culpar el haber tenido un “mal padre”, se sacude su influencia y rescribe “su” historia.

2. Actuación. Envía, convoca, se alegra, oye, ora y habla. No se queda de brazos cruzados, sino que se pone a trabajar. Primero, se entera qué dice la ley —la que ya todos olvidaron. Lee, investiga y analiza los escritos antiguos que dejó Dios a Moisés y a otros de sus siervos. Luego, emprende las acciones requeridas para ordenar el culto según lo dispuesto por Dios. Y no busca la novedad, ni darle nuevos giros a las cosas, sino que acata todo como está escrito.

Dios bendice a los que de todo corazón siguen sus enseñanzas. El rey Ezequías no se equivoca, y aunque en su vida hay deslices y dificultades, sus contemporáneos le recuerdan por haber buscado a Dios de todo corazón, y por esto es prosperado.

Dichosos son los que obedecen la ley de Dios y le buscan —no a medias, no con reservas, no por conveniencia, no con base a sus razonamientos— sino de todo corazón.

10 de noviembre de 2010

Vergüenza


Jamás ha sentido tanta vergüenza. No sabe si es humillación o coraje lo que hierve en su pecho, pero se mezcla con el dolor físico y espiritual. Por una parte, le arden las cavidades donde antes se ubicaban sus ojos. Su ceguera no le incomoda tanto como la cicatrización y la comezón que siente a cada rato. En cierto modo, prefiere no ver, pues así se ahorra la molestia de contemplarla a “ella”, cuya voz a veces percibe entre las risotadas de sus enemigos. Le duelen los pies por estar encadenado para moler grano en la cárcel. Pero más allá de sus muchas molestias corporales, en su pecho le hiere la angustia de saber que Dios se ha apartado de él.

¿Por qué lo abandonó en el momento más crítico de su existencia? Agacha la cabeza y suspira, pues en cierto modo, él lo dejó primero a él. No consideró las indicaciones que le hizo desde su nacimiento, ni las leyes que sus padres le enseñaron desde la cuna. Menospreció el secreto de su fuerza, y ahora paga las consecuencias. Rojo de vergüenza, sin pelo en la cabeza, aislado de su familia y triste por el engaño de la mujer a la que más amó, muele grano hora tras hora, día tras día, con las burlas de esos incircuncisos haciendo eco en su mente. Quizá le convendría quedar sordo también.

Sansón no tendría de qué avergonzarse si hubiera cumplido con los mandatos de su Dios. Pero en ocasiones solo se aprende hasta que uno toca fondo, como en el caso de este juez israelita.

9 de noviembre de 2010

Meme a la Eclesiastés (parte 2)

Tiempo de esparcir piedras: Más bien diría la semilla.

Tiempo de juntar piedras: Cuando nos toque. Algunos siembran, otros riegan, otros cosechan.

Tiempo de abrazar: Todos los días a mis seres queridos.

Tiempo de abstenerse de abrazar: Cuando no es apropiado.

Tiempo de buscar: ¿Empleo?
Tiempo de perder: Cuando ando estresada y no sé dónde dejo mis cosas.

Tiempo de guardar: Recuerdos, fotos, libros.

Tiempo de desechar:Ante una mudanza.

Tiempo de romper: Papeles que solo se acumulan.

Tiempo de coser: ¿Botones?

Tiempo de callar: Es mejor ser de pocas palabras.

Tiempo de hablar: Entre amigos.

Tiempo de amar: Siempre.

Tiempo de aborrecer: Lo malo.

Tiempo de guerra: Contra el enemigo del alma.

Tiempo de paz: Por las noches, confiando en que Dios vela mi sueño.

4 de noviembre de 2010

Meme a la Eclesiastés (parte 1)

Ya es noviembre, y no lo puedo creer. Dos meses y termina el año. Qué rápido vuela el tiempo. Y sin embargo, a veces me parece que el tiempo se detiene; que no ocurre nada especial en mi vida. En otras, el remolino amenaza con aplastar mi equilibrio emocional.

En fin, me gusta pensar que Dios controla los tiempos (plural). Eso me da paz. Y como hoy no tengo mucho qué decir, o quizá tengo tanto que no sé por dónde empezar, simplemente me aferro a la mano más grande que la mía, la que me ha prometido no soltarme jamás, y sigo mi peregrinaje.

Los dejo con un meme. Si lo ponen en su blog, sólo pongan el link en comentarios para que pueda leerlo. Si quieren, pueden contestar aquí en la sección de comentarios.

Un meme a la “Eclesiastés”:

Tiempo de nacer: 13 junio 1975

Tiempo de morir: Espero que en muchos años más

Tiempo para sembrar (¿qué siembras?): Amistades

Tiempo para cosechar (¿qué cosechas?): Problemas de salud por ser nerviosa

Tiempo para matar (¿qué matas?): A veces el tiempo, y luego me ando quejando que me hace falta

Tiempo para sanar (¿qué sanas?): Espero rescatar amistades de antaño y sanar heridas del pasado

Tiempo para derribar (¿qué derribas?): La ignorancia (por eso soy maestra)

Tiempo para construir (¿qué construyes?): Historias y cuentos

Tiempo para llorar: Cuando estoy muy cansada

Tiempo para reír: Cuando estoy con niños

Tiempo para entristecerse: Al decir adiós

Tiempo para bailar: En una boda

(continuará)