23 de diciembre de 2010

Divagando sobre la Navidad


Lo he leído muchas veces y he escuchado decenas de mensajes al respecto, pero de pronto todo se torna real. Una Navidad diferente.

El lugar. Un bebé naciendo en un establo. A nosotros los citadinos nos marea el olor a estiércol. Si bien soportamos el aroma a perro o gato, el que a veces incluso disfrazamos con desodorante, ¿aguantaríamos una sinfonía de caballos, vacas, burros, con sus respectivos alimentos y desechos? Peor aún, ¿qué madre correría gustosa a parir en tales circunstancias? ¿Acaso no programamos el hospital particular o ahorramos para pagarlo? Si nos conformamos con la Seguridad Social, no por eso aprobaríamos que nuestro bebé durmiera la primera noche sobre paja. Para eso compramos cobijas y las lavamos con anticipación y tomamos toda serie de precauciones higiénicas. Aquel niño se acostó en un pesebre, en medio de animales, en lo que hoy consideraríamos las condiciones más insalubres para un recién nacido.

El parto. Siempre me he preguntado si, tal como nos lo pintan en las películas y algunas pinturas, María se las ingenió por sí misma. ¿O acaso no llamó a la partera de Belén? ¿No hubo algún otra mujer que la auxiliara? ¿Habría viajado con su suegra o alguna conocida? Aún así, nuevamente nuestros oídos modernos se transtornan. ¿Parir sin un doctor? Hoy contamos con una tropa de ellos en torno a un nacimiento: el ginecoobstetra, el pediatra, el anestesista y las enfermeras. Si bien en aquellos tiempos no contaban con dicha tropa de profesionistas, por lo menos siempre estaba la partera del pueblo.

El padre. Inexperto, inmaduro. En medio de un viaje desgastante. Ignoro si realizó dicha travesía como nos lo pintan: sobre un burro. ¿No se supone que lo último que debe hacer una mujer embarazada es someterse al traqueteo de una cabalgata? Polvo, cansancio, incertidumbre. Llegaron sin reservaciones, así que tuvieron que buscar posada. ¿Qué sintió José? Como padre y proveedor, no tenía nada preparado para el arribo de su crío. No tenía casa ni cuna, él siendo carpintero. Todo lo había tomado desprevenido. ¿Qué de los temores naturales de un padre? ¿Cómo ayudar a María? ¿Lloraba ella de dolor? ¿Qué sentía él? No había tenido hijos antes, se trataba de su primera experiencia.

La madre. Primeriza. Joven. Ni siquiera sabía lo que era tener relaciones sexuales. ¿Asustada? Agotada por el viaje. Sin casa, sin techo, sin su madre. Probablemente aún cargando a cuestas los rumores de una sociedad que no se tragaba el cuento que había concebido por medio del Espíritu Santo. Como toda madre, queriéndole dar lo mejor a su primogénito, pero ¿sin un lugar dónde estar? ¿Sin hospital o médico? ¿Sin ayuda? Y peor aún, consciente que se trataba de un niño especial, una responsabilidad mayor, una encomienda casi imposible de llevar a cabo.

Si a esto agregamos lo que Apocalipsis nos describe, me quedo sin aliento. Un dragón queriendo atacar a ese bebé indefenso. Un enemigo real, repleto de odio por esa criatura recién nacida. Nada parecido a las tarjetas navideñas que decoran la chimenea o la pared. Nada de “noche de paz”.

Y aún así, me atrevo a decir que en un momento dado, después del parto, con una María cansada, un José aliviado, un parto natural y un lugar inadecuado, María y José experimentaron algo nuevo e inigualable. Un gozo supremo, una paz profunda, una victoria total. No tenían ni idea de lo que ese niño representaría para ellos ni para el mundo; no podían imaginar cómo crecería y moriría esa criatura. En esa noche solo estaban los tres, bajo un cielo estrellado, fatigados y desvelados, pero en una noche de paz.

Yo solo sé que esta Navidad será muy diferente para mí, pero me alegro, pues en medio de todo, he comprendido un poquito más de lo que fue la primera Navidad. Desconozco tu situación, pero espero, con toda el alma, que en esta Nochebuena, en medio del trajín y la comida, la algarabía y los regalos, puedas detenerte unos segundos para meditar en que la Navidad, el momento, no cambia tus circunstancias. No serás más rico ni más afortunado, tus relaciones personales no mejorarán de la noche a la mañana ni conseguirás un mejor empleo. Pero Dios no está interesado en los lugares, sino en los corazones. Que como María y José, en medio de nuestra fragilidad humana, podamos mirar el rostro inocente de ese niño recién nacido y encontrar la verdadera paz.

20 de diciembre de 2010

¿Navidad perfecta?


Hornear galletas; decorar el árbol; encender la chimenea; sentarte frente al fogón para leer un buen libro; disfrutar de una taza de chocolate humeante; ver a tu amado en la silla mecedora frente a ti y sonreírle; cobijarte con una manta con aroma a vainilla; mirar por la ventana y observar la nieve caer.

Ir a la tienda por los ingredientes; cocinar todo el día; recibir visitas en el proceso y felicitarlos; acudir a la iglesia para recordar el motivo de la Navidad; preparar la cena; escuchar tres o cuatro conversaciones que ocurren al mismo tiempo entre familiares; bromear todos alrededor de la mesa; aguardar a que los niños se vayan a dormir.

Preguntarte cuándo tendrás un hogar; echar de menos al ser amado que ha partido; forzarte a no llorar ni quebrarte; padecer una enfermedad que no te permite hallarte a gusto; envidiar a los vecinos que parecen pasarla mejor que tú; meditar en el verdadero significado de la Navidad.

¿Cuál es la escena correcta? ¿Qué Navidad se te apetece? ¿Alguna se parece más a tu realidad? No hay reglas para una Navidad perfecta. Cada Navidad es diferente. Pienso en los huérfanos y niños de la calle; en los desprotegidos o los que viven en países calurosos. ¿Qué es la Navidad? ¿Un momento? ¿Una fecha? ¿Una cena? ¿Un requisito? ¿Un compromiso social? ¿Un deseo? ¿Un anhelo? ¿Un encuentro? ¿Una persona?

16 de diciembre de 2010

Fuera temores

Encontré el siguiente versículo en mi lectura del otro día: “Oré al Señor, y él me respondió; me libró de todos mis temores” (Salmo 34:4, NTV).

Quiero que esa sea mi oración en estos días. No que me libre de las pruebas, pues sé que son necesarias; no que me libre de las tentaciones, pues sé que son parte de la vida; no que me libre de mí misma, pues debo aprender a morir; no que me libre de los tragos amargos, pues éstos llegarán sin lugar a dudas. Solo que me libre de mis temores.

Sí, de esos temores que se cuelan sin permiso por las rendijas de mi corazón y me hacen pensar de modo negativo. Esos temores que me pintan un panorama devastador y triste, desconsolador y pesimista. Esos temores que me roban la paz.

Ahora comprendo porqué en la Navidad el mensaje principal a personajes como José, María y los pastores fue: “No teman”. Porque los temores nos paralizan. Los temores nos impiden ver el final de la historia. Así que, fuera temores. Oraré y él responderá. ¿Cómo? Librándome de todos mis temores.

13 de diciembre de 2010

Hogar, dulce hogar

Escribo esto con una semana de anticipación. ¿Dónde estaré el día que esto se publique? No lo sé. Quizá siga aquí; tal vez ya esté allá. Pero concluyo una cosa: el hogar está donde mora el corazón.

Y si estoy contigo, estoy en casa. Si aún despierto entre tus brazos, estoy en casa. Si al abrir los ojos lo primero que veo es tu rostro, estoy en casa.

Un techo no es un hogar; una mansión no es un hogar. Mi hogar eres tú y el pequeñito que viene. Mi hogar es Dios mismo. Él ha prometido morar en mí. Yo soy su hogar, en cierto modo. Y aún mejor, su hogar celestial tiene lugar más que suficiente.

Por hoy, aunque no sé dónde esté, si estoy contigo, estoy en mi hogar.

9 de diciembre de 2010

Cambios

Lo confirmo una vez más. No me gustan los cambios. Me resisto a ellos. Me cuesta trabajo unirme a la aventura. Pero Dios me ha hablado a través de un texto, y cada vez se vuelve más personal, más íntimo, más literal.

De él, por él y para él.

En otras palabras: provengo de él. Mi pasado está en sus manos. Existo por él. Mi presente está en sus manos. Soy para su gloria. Mi futuro está en sus manos.

De él, por él y para él.

Él es el centro, no yo. Pero cuánto me cuesta. Y a vísperas de Navidad, me aferro a estas palabras. Desconozco el futuro, me encuentro perdida en el presente, me ahogo en el pasado. Pero provengo de él, existo por su poder y soy para su gloria.

Un trabalenguas. Una decisión.

6 de diciembre de 2010

Cuando lo escrito se torna literal

He leído dicha historia cientos de veces. Hasta la podría recitar. Quizá hasta la he compartido con los niños o en alguna clase. Un joven rico se acerca a Jesús. ¿Qué hacer para heredar la vida eterna? Jesús le recuerda los mandamientos. No adulterar, no mentir, no robar. ¿Los ha guardado? El joven asiente. Ha cumplido en todo.

Entonces Cristo lo mira con ternura y le dice que una cosa le falta para ser perfecto. Vender todo lo que tiene, darlo a los pobres, seguirle. Es decir, despojarse de su seguridad económica, dejar aquello que le brinda cierta protección. Abandonar sus riquezas, sus comodidades, sus lujos. El joven se marcha. Jesús se entristece.

¡Qué difícil es para un rico entrar al reino de los cielos! ¿Entonces quién podrá? Jesús declara que lo imposible para el hombre, es posible para Dios. Y añade una promesa. Quien deje casa, madre, padre, hermanos, tierras, recibirá más en esta vida y en la venidera. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Qué tanto? Nadie pregunta; Jesús no detalla.

De pronto, esta historia se convierte en algo literal. No es más una historia antigua, sino mi propia vida. Me veo allí, en un sendero de la Palestina, orgullosa porque he vivido (en mi opinión) a la altura de las expectativas. Pero Jesús me mira y me recuerda que algo me falta. Despojarme, desprenderme, echar fuera del trono de mi corazón la seguridad económica.

Y no hablo de una parábola o una alegoría, una ilustración o una imagen; sino de algo literal. Dejar ir, dejar atrás. Y me encuentro como ese joven rico: en la misma encrucijada. Conozco la promesa, pero el corazón se resiste. Y es allí, cuando la Biblia se vuelve literal, que el corazón debe decidir y un poco más de mí morir. ¿Qué hacer? ¿Imitar al joven rico y marchar de vuelta a las comodidades? O como los discípulos, ¿aceptar el reto?

Ahí está la cuestión.

2 de diciembre de 2010

Carta a un hijo

No tuvo hijos naturales, pero sí espirituales. Este joven, en especial, le conmueve y llena un vacío que punza en ocasiones, sobre todo cuando está cansado o abrumado por nuevas discusiones. Como su padre —por lo menos en el sentido práctico— se pregunta cómo lograr que este joven, animoso y naturalmente atractivo, se mantenga puro en medio de una sociedad tan corrupta. Él mismo ha visto cómo algunas mujeres se le ofrecen en plena calle.

Su ahijado es un varón con necesidades físicas, rodeado de una forma de vida que invita al placer y a la satisfacción personal. El matrimonio no impone límites ni restringe las posibilidades, según opinan los sabios. El amor a uno mismo ha creado seres egoístas que no piensan en los demás y que se nutren de vanagloria y soberbia. Muchos, y él los conoce de primera mano, fingen una vida recta, pero ocultan malos hábitos y pensamientos, incluso dobles vidas.

¿Cómo proteger a su amado hijo? Él ya presiente su propia muerte, pues la sentencia ha sido dictada, y aunque en el fondo anhela descansar y respirar su último suspiro, teme por sus protegidos. ¿Y si se equivocan? ¿Si pierden el destino? Solo una cosa puede hacer, así que toma la pluma y la entinta. Escribirá una carta más, quizá la última, y le recordará a su amado hijo que debe persistir en lo que ha aprendido de labios de su abuela, de su madre, de él mismo. Solo la Escritura será capaz de enseñarle nuevas cosas, de mostrarle lo que hace mal, de corregirlo en sus caminos, de instruirlo en la moral y de prepararlo para toda acción.

Así empieza Pablo una nueva carta a Timoteo, donde le recuerda que el único medio de guardar puro su camino es conociendo y obedeciendo la Palabra de Dios.