9 de marzo de 2011

Por la estación de la vida

Rodeados de susurros. ¿Te acuerdas? Formamos una nueva familia, una nueva comunidad, en el pabellón de neonatos. Nos hicimos amigos, por lo menos durante diez días, de otros padres que sufrían por sus pequeños. Supongo que tú te encariñaste con tus vecinos de cama.

Emiliano, prematuro pero con unos chillidos potentes. Toñito, simpático pero que se negaba a comer. Manuel, rojito pero con una madre persistente. Había más. Los gemelos, la niñita con Síndrome, el chiquito de 1.900.

Y sus padres. Todos con rostros demacrados, mostrando en los ojos el cansancio físico y emocional, aguardando el reporte médico en la mañana y en la tarde. Todos formados, haciendo plática trivial. Luego, uno a uno se aproximaba a la puerta y escuchaba el veredicto.

En algunas ocasiones se traslucía una sonrisa y todos respirábamos mejor. El bebé iba bien. En otras, el ceño se fruncía aún más, y todos nos dolíamos. El bebé no mejoraba.

Los primeros días nos tocaron más lágrimas que risas. Jamás olvidaré a la pareja que abandonó la sala con la expresión de aguda pena. Después presenciamos la sonrisa de esperanza de los que se iban a casa. Y aún cuando compartíamos su alegría, en el silencio del corazón nos preguntábamos: ¿y nosotros cuándo?

No había día y noche, no había horas ni fechas especiales. El Super Bowl pasó sin pena ni gloria. El día del amor y la amistad poco importó. Solo existían las incubadoras y los vecinos (los otros padres); los médicos y las enfermeras; los guardias en las puertas.

No era necesario presentarnos. Después de un par de días, los policías nos reconocían. Supongo que pensaban: “Ahí viene una mamá de neonatos; es un papá de neonatos”. Traíamos pañaleras con el tira leches, una cobijita, nuestra ropa para entrar a verlos (gorro azul, casaca azul, cubre bocas).

Así sucedió. Nos topamos con otros padres y otros pequeños en una estación más del tren de la vida. La estación del “dolor”; la estación “neonatal”. Me pregunto si algún día los veremos de nueva cuenta. ¿No te gustaría ir un día al parque para jugar con Emiliano o con Manuel? ¿No te agradaría visitar a Toñito en su pueblo?

Quizá en una próxima estación.

3 comentarios:

Karen dijo...

Y así de estación en estación... gracias a Dios por la estación en la que Él nos hizo coincidir.

claretianosniebla dijo...

Tal vez las líneas de la vida sean trenes, llegando a la vez sobre una confusa playa de vías que con vidas... Gracias por la entrega...

Isa dijo...

¡Se comparte el dolor, se comparte la dicha! Cosas inexplicables tienen los hospitales que hace "familia" a un grupo desconocido. Lo entiendo, lo he vivido.
Gracias por compartir.

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