
Tu papá me compartió este susurro, y me gusta tanto que lo escribo ahora. Los primeros días, mientras nos cambiábamos de ropa para entrar a la sección de neonatos a visitarte, varios papás nos colocábamos la bata esterilizada cuando se escuchaba un chillido. ¿Será el mío?
Unos días después, podíamos reconocer el llanto de nuestros hijos. En medio de otros varios, podíamos detectar si eras tú o Emiliano o Toñito. Cada madre, cada padre, reconocía a su pequeño.
Del mismo modo, cuando Dios escucha mi llanto, dice: “Ella es mía”. El dolor de cada uno de sus hijos no pasa desapercibido. En medio de la muchedumbre, no me pierdo ante su atento oído.
El día de hoy, escucho tu llanto y corro a atenderte. A veces te alimento, en otras te arrullo, hay ocasiones en que solo me detengo a mirar y no hago nada, pues creo que es lo que en ese momento necesitas.
El día de mañana, seguiré reconociendo tu llanto entre los demás e iré a ti.
Pero siempre recuerda que si yo no estoy, por algún motivo, Él siempre estará allí y permanecerá fiel. Y aún estés en los momentos más difíciles y solitarios de tu existencia, Él oirá y dirá: “Ése es mi niño”, y no dudará en darte lo que necesitas.
No en balde su nombre es Jehová, es decir, quien es todo lo que necesito en cualquier circunstancia.
3 más comentan...:
No he podido comentar en todas estas últimas entradas, pero quiero que sepas que cada una me ha estremecido. Querida amiga...un abrazo muy fuerte. Gracias por compartir con el corazón en la palma de la mano.
Me encantan estos susurros.
Keila, me hiciste llorar al leer este precioso post, tan conciso y muy cierto.
Publicar un comentario