14 de junio de 2011

Divagando sobre la educación (3)

La disciplina del buen comportamiento

¡Oh sí! Aunque los psicólogos tuerzan la boca, cualquier maestro que ha estado frente a grupo ruega por disciplina en el aula. Los niños mismos la piden a gritos, pues la disciplina les da seguridad y les permite aprender. De lo contrario, en un aula donde reina el caos, los niños están más preocupados por la sobrevivencia entre sus compañeros.

¿Cómo se logra esto? A la antigua, diría yo. Exigir uñas limpias, camisas blancas y fajadas, faldas largas para las niñas, zapatos boleados. Un pupitre con todo en su lugar. Responsabilidad con el material. Repetir el trabajo si quedó sucio o tachado. Atención en la fila. Silencio mientras la maestra habla. Levantar la mano para pedir la palabra. Respeto a los mayores.

Y todo esto se logra a través de reglas. Tristemente, el problema viene a la hora de ejecutar una sanción. El niño sabe que la maestra no tiene autoridad. La maestra sanciona, pero el padre se queja y el director cede. El director baja las manos porque teme que los padres dejen de aportar la colegiatura o se quejen con supervisores más arriba. Los maestras no quieren perder su trabajo. Los padres no desean aceptar su falta de disciplina en casa, ni dejar de trabajar por atender a sus hijos. Un círculo vicioso. Pero alguien tiene que ceder, de lo contrario…

¿No estaremos preparando a la siguiente generación de criminales? ¡No lo creo! Aún hay esperanza. Solo se requiere… disciplina.

2 comentarios:

sgv17 dijo...

Keila, Has leido mi mente!!

Yo doy gracias por haber recibido educacion a la antigua y quiero seguirla implementando.

Me he metido en buenos lios, pero Dios me ha librado!!

Oren por nosotros en este trabajo de la educacion!

Isa dijo...

¿Sabes qué es lo más triste? Que aún en la ED, los alumnos se ponen a platicar aunque el maestro esté dando la clase o los demás leyendo la Biblia, y los papás se sienten agredidos o amenazan con irse a otra iglesia ¡ay! :(
Yo he sido criada a la antigüita y así criamos a nuestros hijos, pero de que tenemos que orar, ¡tenemos que seguir haciéndolo! Muy cierto lo que escribes!
Besitos.

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