Entonces le susurré: "No te dejaré, ni te desampararé". Y lo dije en serio.
Me quedé callada unos segundos. Esas palabras no eran mías. Las copiaba de los labios de Dios, quien en la epístola de los Hebreos nos hace la misma promesa. Medité, pues, en que si yo le decía con toda sinceridad esa frase a mi hijo, ¡cuánto más el Padre a esta hija desesperada!
No cabe duda que la maternidad me da una nueva perspectiva de Dios. No cabe duda que si yo lo digo en serio, mucho más Él. No cabe duda que él no me dejará ni me desamparará.
2 más comentan...:
Coincido contigo, Keila, la maternidad nos permite comprender el amor de Dios y aceptar que, como Él, nosotras seríamos capaces de dar la vida por nuestros hijos.
Si hasta ahí llega nuestra entrega, ¿cómo dudar que Dios lo hizo a través de Jesús?
Bienvenida al blog. . . te extrañé.
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