25 de febrero de 2011

Divagando sobre consejos

He recibido muchos consejos en los últimos meses. Y en el proceso, he aprendido valiosas lecciones de cómo aconsejar a otros. En un análisis frío, he también concluido en que yo misma he sido pésima consejera durante mi vida, y que he cometido error tras error, que ahora, quizá por lo vivido, quisiera cambiar.

Aquí está mi lista:

1. Paso uno, paso dos...
¡Qué terrible es llegar con alguien en problemas y recitarle una serie de pasos a seguir! Parecemos de esos escritores de libros de auto ayuda que convierten la vida en recetas de cocina. "Si sigues esta fórmula, seguro que..." ¿Confieso algo? Los pasos no funcionan, solo una relación íntima con Dios. Como dije, yo misma he tratado de ayudar a otros con mis ideas de "pasos". Pero aquí no está la solución.

2. A mí me pasó...
¡Ah, cómo he sufrido con este tipo de consejos! Llega alguien a consolarte, y antes de escucharte, o a la primera frase, te interrumpe y te cuenta toda su vida. Yo misma lo he hecho. "Deja te platico cómo encontré yo al amor de mi vida". "A mí me pasó que..." No minimizo la experiencia ajena, pues a mí también me gusta compartir mis aventuras, pero en medio del dolor, la persona que sufre no percibe el testimonio del otro como ayuda, sino como presunción o incluso comparación. "Ah, sí, claro, a ti te fue mejor, o tú lo lograste, pero ¿yo?" En un pensamiento aún más gélido, diría que usar esta técnica le resta importancia al que sufre en el presente, y pone el reflector en el consejero. Muy distinto es cuando alguien te cuenta su vivencia para ayudarte a ver cómo la superó en humildad y amor. O cuando alguien te comparte sus luchas para mostrar la gloria de Dios en toda su esencia, como un tipo de paráfrasis vivencial del poder de Dios actuando en nuestra debilidad.

3. Versículo 1, versículo 2, versículo 3
Cierto: la Biblia ofrece el mejor consuelo y la salida a muchos problemas. Pero ¿una cadena de textos? Para eso están las concordancias. Más vale un pensamiento o una sola frase que sostenga, que un tratado de textos sobre "cómo vencer el miedo".

4. Solo hay una manera de hacer las cosas
Y esa es nuestra manera (la del consejero). Se hace así. Se dice así. Y cuando el consejero lo pronuncia, el otro se aturde. Pero debemos aceptar que existen muchas maneras de mostrar dolor, de recuperarse, de alimentarse, de criar a un hijo. ¿Por qué no dejamos lugar para que Dios mismo se manifieste en la vida del otro? ¿Por qué insistir que nuestro modo es el único?

Entonces, ¿cómo aconsejar? ¿Qué hacer cuando alguien se duele?

1. Estar allí.

2. Escuchar.

3. Abrazarte y llorar contigo.

4. Darte tiempo y espacio.

5. Amarte.

6. Orar por ti.

Me parece que la #6 es la más trascendental: interceder al trono de gracia para que el mejor Consejero del mundo, trabaje en el corazón de nuestro amado amigo. Y por eso, gracias a los que han estado allí, a los que han llorado conmigo, a los que me han leído y/o escuchado, a los que me han amado, a los que me han dado mi espacio, pero sobre todo, a los que han orado por mí y por mi familia durante este tiempo de prueba.

Solo divago...

23 de febrero de 2011

El proverbio del día

Como siempre, abro la Palabra y encuentro justo lo que necesitaba. Esta vez se trató de un proverbio.

"El Señor dirige nuestros pasos, entonces, ¿por qué tratar de entender todo lo que pasa?" NTV, Proverbios 20:24

Quiero encontrar a todo una explicación. ¿Fue mi culpa? ¿Fue culpa de otro? ¿Debí hacer esto o aquello? Un sin fin de "hubieras" me roban el sueño. Incluso en el presente, y en medio del gozo, me atormenta el comprender el porqué de cada cosa en mi vida. ¿Qué me quiere enseñar Dios? ¿Estoy haciendo lo correcto? ¿Me vino esto porque he pecado? ¿Qué debo hacer para cambiar?

Sin embargo, este proverbio me reta. Pareciera que Dios me susurra: "Si yo estoy en control de cada situación, si yo dirijo tus pasos, ¿por qué te atormentas?"

Una canción famosa dice: "Live and let live". Quizá eso me falta. Dejar ir. Dejar de aferrarme a las explicaciones y simplemente vivir el paso a paso. Sé que suena fácil, y sinceramente, he escuchado a muchas personas en estos días dándome ese consejo con cierta ligereza que me pesa más que ayudarme.

Es por eso que la Palabra de Dios me parece tan atinada. Porque aunque me señala el error y me reprende, me comprende y me anima. Dios me habla en un susurro apacible, en el murmullo de la noche y la quietud de un tiempo devocional. Y por eso solo me resta decir: "Gracias, Señor".

20 de febrero de 2011

Esto también pasará

He vivido una Montaña Rusa de situaciones y emociones desde principios de febrero que me ha dejado sensible, fatigada, a veces desanimada. Pero en los momentos más oscuros, esta frase ha venido a consolarme. "Esto también pasará".

Tenemos una expresión: "No hay mal que dure mil años". Ninguna situación, por sí misma, es eterna. Y eso me da una paz increíble. ¿Por qué? Porque me ha hecho comprender que las situaciones son las que se han complicado, pero él no ha cambiado. Si bien cada día parece ser un nuevo enfrentamiento con algo inesperado, existen dos cosas inmutables (que no cambian) a las que me puedo afianzar.

1. Su persona. Porque él sigue siendo mi Pastor, mi Amigo, mi Consejero, mi Salvador, mi Señor, mi Rey, mi Padre. Y ninguna situación alterará este hecho.

2. Sus promesas. Porque siguen firmes y abiertas a todo aquel que las busca. Aún concederá las peticiones de mi corazón, y escuchará mis plegarias, y me dará paz en la mente y en el corazón, a pesar de cualquier circunstancia.

Puedo decir: "Esto (este momento, esta situación, esta prueba) también pasará". Pero: "Su palabra permanece para siempre" y "él es eterno". Todo lo demás, es temporal.

10 de febrero de 2011

¿A quién iré?

Pedro sabía bien lo que decía. ¿A quién iré? Tú tienes palabras de vida eterna, tú tienes consuelo, tú tienes comprensión.

Porque tú sabes bien lo que es mirar a un hijo sufrir. Porque tú sabes bien la impotencia que su soledad provoca. Porque tú sabes bien cómo se parte el corazón ante sus dolencias.

¿A quién iré? A ti. Solo a ti.

1 de febrero de 2011

Si supiera

Esta semana me acompaña el hermano Lawrence en mis reflexiones, un monje del siglo XVII que no creyó en las oraciones convencionales y repetitivas, sino que propuso “practicar la presencia de Dios” durante el día mediante pequeñas oraciones elevadas de gratitud, de petición, de súplica.

Sugirió no perder de vista su presencia durante la jornada. Orar y laborar; laborar y orar. Un hermoso ejercicio que nos acerca más a Dios y nos hace conscientes de su interés por nosotros en todos los detalles del diario vivir.

Sin embargo, por hoy me quedo con una frase que me conmovió profundamente. “Si supiéramos cuánto nos ama el Señor, estaríamos listos para enfrentar la vida constantemente, con sus altas y bajas”.

¡Ah, si supiera! Si supiera que la presente aflicción es por mi bien, si supiera que la presente alegría es por mi bien, si supiera que la presente preocupación es infructuosa porque Dios ya tiene todo bajo control, si supiera que él me ama tanto…

Lo sé y no lo sé, lo intuyo y no lo intuyo. Gracias, hermano Lawrence, por recordarme cuánto me ama Dios.