30 de marzo de 2011

Amigas: un beneficio para la salud


No me gusta mucho copiar mensajes masivos que llegan a mi correo, pero este me pareció interesante. Presento la versión resumida:

En la última disertación ERA sobre la conexión mente-cuerpo -la relación entre el estrés y el malestar físico, el orador (jefe de psiquiatría en Stanford) dijo, entre otras cosas, que una de las mejores cosas que un hombre puede hacer por su salud es casarse con una mujer, mientras que, una mujer, una de las mejores cosas que puede hacer por su salud es cultivar su relación con sus amigas.

Físicamente, esta cualidad "tiempo para las amigas" nos ayuda a fabricar 
más serotonina -un neurotransmisor que ayuda a combatir la depresión y puede producir una sensación general de bienestar. El orador dijo que dedicar tiempo con una amiga es tan importante para nuestra salud general como el jogging o ir al gimnasio. Hay una tendencia a pensar que cuando estamos "haciendo ejercicio" estamos haciendo algo bueno para nuestro cuerpo, pero que cuando estamos hablando con nuestras amigas, estamos perdiendo el tiempo y deberíamos estar ocupadas de forma más productiva.

No es cierto. De hecho, dijo que el no crear y mantener relaciones personales de calidad, con otros seres humanos, ¡es tan nocivo para nuestra salud física como fumar!

Debido a esto, a todas mis amigas: ¡las extraño! Echo de menos a mis comadres, a mis amigas de Querétaro, a mis amigas del DF. Echo de menos esos desayunos, esos cafecitos por la tarde, esas visitas a museos o al cine (al teatro también). Extraño esos días en el club, viendo a los niños nadar mientras nosotras conversamos.

Sé que vendrán nuevas amigas, que me reencontraré con viejas amigas, que algún día veré cara a cara a mis cyber-amigas para ese cafecito en vivo que tanto anhelamos. Mientras tanto, pido a Dios más amigas, pues es bueno para mi salud. Y a todas ustedes, mis amigas, un abrazo desde lo más hondo de mi ser.

28 de marzo de 2011

Entre las noticias escuché...

Te susurro algo que escuché la semana pasada en las noticias, pero hasta hoy me siento a escribir lo que sentí. Como siempre, pensé en ti, en mí, en tu papá, en nosotros.

Primero, en Japón debían buscar agua embotellada, sobre todo para bebés, porque los peligros de radioactividad ya habían contaminado el agua potable. Me imaginé el escenario. Tiendas sin más agua embotellada. ¿Qué darte de beber? ¿Cómo bañarte? ¿Cómo lavar tu ropa o los utensilios que utilizas? Mis oraciones subieron por aquellas madres que enfrentan estos momentos tan trágicos. Que Dios les dé sabiduría y una salida. Me duelo con Japón.

Segundo, en Guatemala se encontró un hospital en malas condiciones salubres, lo que propagó una bacteria que infectó a los bebés en neonatología. Varios ya habían muerto. Nuevamente, pensé en ti. En la incubadora. En la angustia de esas mamis que perdieron a sus nenes a minutos, horas, días de haberlos dado a luz. Mis oraciones subieron por aquellas madres que enfrentan estos momentos tan trágicos. Que Dios les dé consuelo y paz. Me duelo con Guatemala.

La realidad es que eres un préstamo que Dios me ha dado. Te ha entregado a nosotros para que hagamos nuestra labor de padres, pero tu vida está en Sus manos. Y solo me resta agradecer, con el corazón derretido, porque te tengo en casa, conmigo, en condiciones poco adversas.

Pero también sé que si me encontrara en una de las situaciones mencionadas, Su gracia bastaría. Él es tu Pastor, mi lindo corderito. Él te guiará por sendas de justicia por amor… no a mi nombre, no a nuestro apellido, no a nuestra memoria, sino a Su nombre. ¡Qué promesa tan perfecta!

23 de marzo de 2011

Divagando sobre un verdadero hombre

En un momento de mi vida, dudé llegar a ser madre. Ahora lo soy. Pero aún más, jamás imaginé que sería la madre de un varón. Ahora lo soy. Y el reto delante de mí me parece extraordinario, no solo porque me crié con puras niñas (somos tres hermanas), sino porque la figura del varón es atacada fuertemente en nuestra sociedad.

Para muestra, quiero comentar un programa de televisión que es bastante popular. Su nombre: Two and a Half Men. Al meditar en mi hijo creciendo, me entristece observar a los personajes de este programa.

CHARLIE. El héroe de la serie. El mejor actor pagado de televisión. ¿Pero qué transmite este personaje? A mí me provoca profunda compasión y rabia. Sí, rabia. Porque representa a los hombres que solo piensan en el deleite temporal y que lastiman a muchas muchachas en el proceso. Compasión, porque habla de aquellos que detestan el compromiso y no quieren crecer.

Quizá para algunos Charlie sea un ideal. Auto compacto, casa junto a la playa, mujeres al por mayor. Yo lo veo como un hombre desubicado, egoísta, soberbio. Todo lo contrario al hombre más perfecto en el mundo: Jesucristo. Él jamás habría tratado así a las mujeres. ¿Habría llegado a la edad de Charlie sin lograr nada? No quiero que mi hijo admire a un hombre como Charlie. No deseo que anhele las cosas que él es. De hecho, no pretendo que vea ese programa mientras de mí dependa.

ALAN. El muchacho tonto. Cuánto dolor me provoca observar programa tras programa, comercial tras comercial, donde el padre es la figura del “tonto” de la historia. Homero Simpson es tan solo otro ejemplo. Hombres sin mucho coeficiente que aman a una súper mujer, o que por azares del destino, se encuentran casados con una. Hombres que son la burla de otros hombres.

Y para los Alans del mundo también experimento un profundo amor. Recuerdo lo que se siente ser el último en la fila, el blanco de los chistes, el inepto para los deportes. Me acuerdo de la secundaria. Con tristeza reconozco que en su momento no defendí a esos muchachos que crecieron heridos e inseguros. Muchos de ellos son los que hoy han tomado las armas para vengarse en las escuelas o contra la sociedad. No quiero que mi hijo crezca con la idea de que es “tonto” solo porque no es un Charlie. Porque no todos los hombres tienen que llenar un prototipo para ser “hombres”. Allí está de nueva cuenta el Señor Jesucristo. Él no fue un “don Juan”, ni un “as en el deporte”, ni un “aventurero”. Más bien era un hombre con propósito, y eso es lo que más atrae de un varón.

JAKE. Pobrecito pequeño. Ni Charlie ni Alan. Sin la presencia de una madre. Criado por el televisor. Y nos reímos de sus penalidades. Más bien deberíamos rogar por todos los Jakes del mundo. Aquellos bebés que lloran en sus cunas porque nadie cambia sus pañales ni los alimentan pues sus padres están drogándose. Aquellos Jakes que ven televisión pues no tienen nada más que hacer. ¿Y sus padres? Trabajando. Aquellos Jakes que van mal en la escuela porque nadie se sienta a hacer tarea con ellos ya que sus padres piensa que para eso están los profesores.

Esos Jakes llegan a la vida adulta como cometas en el aire, sin esa cuerda que los afiance a un adulto. Los Jakes crecen sin ejemplos masculinos fuertes. ¿Un Charlie casanova? ¿Un Alan perdedor? No, gracias. Mi esperanza es que muchos de esos Jakes un día encontrarán a Jesucristo o leerán la Biblia. Hallarán ejemplos de hombres verdaderos en Abraham, Moisés, David, Elías, Pablo (hombres imperfectos, pero que reconocieron su pecado). Incluso en la Historia Universal conocerán a Abraham Lincoln, Benjamín Franklin, William Wilberforce.

Y sí, lo digo con temor como madre, no deseo que por mi culpa mi hijo se torne en un Jake. ¿Qué me toca? Quedarme en casa. Dedicarle tiempo. Ser una madre. Y doy gracias a Dios que mi hijo tiene un padre que sé que lo guiará a ser un verdadero hombre. Porque un verdadero hombre no es el que tiene más conquistas, sino el que ha sido conquistado por Jesús; no es el que tiene más posesiones, sino el que ha perdido todo por seguir a Jesús; no es el que lo sabe todo, sino el que se preocupa por ganar únicamente el conocer a Jesús.

Ya que Jesús es el hombre perfecto, un verdadero hombre es, simplemente, aquel que sigue y anhela imitar a Jesús.

21 de marzo de 2011

Daría mi vida

Con qué facilidad se hace esta promesa. Daría mi vida por ti. Tristemente, el tiempo verbal no es el más indicado. ¿No sería mejor: “Daré mi vida por ti”? ¿O incluso: “Doy mi vida por ti”?

Por otro lado, estamos a la espera de ese gran momento crucial en la vida del otro donde demostraremos nuestro amor. No sé si queremos donar un órgano o tomar el lugar del otro en la silla eléctrica. Pero ¿por qué no hacer efectiva la promesa hoy?

¿Cómo se hace? De la manera más dolorosa. Dar la vida por otro implica tiempo: dedicarle preciados minutos que podrían ser solo “nuestros”. Dar la vida por otro implica incomodidad: entregar algo que nos gusta o desprendernos de nuestra comodidad por el bien del otro. Dar la vida por otro implica dinero: desprendernos del mío para formar un nuestro, o aún más, un tuyo.

Dar la vida por otro comienza en las gotas del diario vivir. Quizá podamos pensar en algún ejemplo, un padre o una madre, que literalmente, han dado la vida por otro. Hoy día escuchamos mucho sobre el tiempo que nos debemos a nosotros mismos. Gracias a Dios, él es un Dios que da y no retiene nada. No exige “sus” derechos sobre nuestra vidas (y debemos aceptar que tiene todo “los” derechos sobre nuestras vidas). Más bien es un Dios que ha dado la vida por nosotros, y la sigue dando día a día, al amarnos, atender nuestras plegarias y estar al pendiente de cada detalle.

¿Por quién darás tu vida hoy?

18 de marzo de 2011

250 AD

Llega un nuevo libro, un nuevo logro. Se anuncia entre una tormenta de emociones en el ámbito personal. Una mudanza. Un hijo. Una nueva faceta para esta escritora. Quizá en las letras me escapo cuando mis limitantes maternales me rebasan. Tal vez me desahogo cuando contemplo la perfección de la carita de mi hijo.

Hace muchos años soñaba con ser publicada. En el fondo, confieso, creía que no habría en mi historia un hijo de carne y hueso, sino solo hijos de tinta. Hoy, por la gracia de Dios, todo ha cambiado.

Y me gozo y me deleito en este nuevo momento. Sostengo a un chiquito en brazos, y por otro lado escucho que pronto tendré en mis manos un nuevo libro. Un libro que habla del amor de un padre por sus dos hijas. Un libro que explora la persecución en tiempos del Imperio Romano en contra de los seguidores de Jesús. Un libro que intenta expresar lo que es el amor ágape, esa entrega incondicional que Dios mostró al darnos a Jesús.

Y como siempre, me encantaría saber lo que mis lectores opinan de este nuevo libro. Y mientras pueda, quisiera seguir compartiendo mis letras con los que se atrevan a seguirme. Y si algún día mi pluma se detiene, que lo poquito que haya logrado escribir le dé la gloria a Dios.

16 de marzo de 2011

Secretos


No siempre puedo hablar de lo que siento. ¿No te sucede lo mismo? Tú lloras y yo hago lo posible por entender qué es lo que quieres. ¿Hambre? ¿Cansancio? ¿Calor? ¿Frío? ¿Incomodidad? ¿Enfermedad? Anhelo que llegue el día que hables para que me digas con palabras cuál es tu molestia.

Pero reconozco que aún cuando empieces a balbucear y a decir tus primeras palabras, yo no lo sabré todo, no me enteraré de todo, no conoceré todo lo que anida en tu corazón. Porque nadie puede saberlo, solo uno mismo. Y Dios.

Cuántos secretos no se albergan en el alma. Dolencias y heridas provocadas por otros. Pensamientos oscuros que nos avergüenzan. Pero también momentos de sumo gozo que somos incapaces de formular verbalmente o que simplemente no creemos que el otro entenderá.

Y en medio de tantos secretos, Él nos oye. Él comprende. Él los sabe todos. A él podemos acudir cuando nos resulta imposible armar una oración. Él ha dicho que el Espíritu Santo reparará nuestra deficiente elocuencia para hallar y transmitir la verdad.

Así que recuérdame en el mañana que tú también tienes derecho a tus secretos, y que no siempre yo conoceré todo. Y en el hoy, permite que me guarde, como María, muchos secretos en el corazón. Pues quizá el secreto más grande de todos, aunque lo llegue a decir con dos palabras, (aunque esas dos emisiones de voz no abarcan lo que uno experimenta dentro) es que te amo.

14 de marzo de 2011

Crear vs. engendrar

Al fin lo comprendo. He creado libros: tramas, personajes y paisajes. Yo decido de dónde vienen y a dónde van. Aún cuando a veces me sorprende lo que algunos personajes hacen, yo puedo decidir si se quedan o se marchan. Sin embargo, crear es formar algo distinto y de otra naturaleza, algo que queda fuera de nosotros, algo que no es nuestro.

Engendrar, por otro lado, es transmitir nuestra naturaleza en otro, nuestros genes y nuestra personalidad, un poquito de nosotros. Engendramos y luego nos sorprendemos. No controlamos al otro; es un ser con voluntad, que incluso sale de las expectativas que guardábamos.

Cuando creamos controlamos (en cierto modo), cuando engendramos damos libertad al otro (en cierto modo). Ya no controlamos ni dictamos sentencia, sino que más bien tratamos de guiar y dirigir.

Pero eso es lo que hace a un hijo mucho más especial que escribir un libro o plantar un árbol. Es ese “no saber” lo que atrapa; ese “educar” que nos saca canas verdes. Porque engendramos un ser humano, lo que implica responsabilidad; transmitimos a otro nuestros valores, lo que encierra grandes posibilidades.

Disfrutemos el “crear” (al escribir, pintar, moldear, cocinar), y también el “engendrar”. Dios ha hecho ambos. Nos creó, pero también –a quienes hemos creído en él- nos ha engendrado. ¡Qué bendición!

“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”.

11 de marzo de 2011

Un llanto particular

Tu papá me compartió este susurro, y me gusta tanto que lo escribo ahora. Los primeros días, mientras nos cambiábamos de ropa para entrar a la sección de neonatos a visitarte, varios papás nos colocábamos la bata esterilizada cuando se escuchaba un chillido. ¿Será el mío?

Unos días después, podíamos reconocer el llanto de nuestros hijos. En medio de otros varios, podíamos detectar si eras tú o Emiliano o Toñito. Cada madre, cada padre, reconocía a su pequeño.

Del mismo modo, cuando Dios escucha mi llanto, dice: “Ella es mía”. El dolor de cada uno de sus hijos no pasa desapercibido. En medio de la muchedumbre, no me pierdo ante su atento oído.

El día de hoy, escucho tu llanto y corro a atenderte. A veces te alimento, en otras te arrullo, hay ocasiones en que solo me detengo a mirar y no hago nada, pues creo que es lo que en ese momento necesitas.

El día de mañana, seguiré reconociendo tu llanto entre los demás e iré a ti.

Pero siempre recuerda que si yo no estoy, por algún motivo, Él siempre estará allí y permanecerá fiel. Y aún estés en los momentos más difíciles y solitarios de tu existencia, Él oirá y dirá: “Ése es mi niño”, y no dudará en darte lo que necesitas.

No en balde su nombre es Jehová, es decir, quien es todo lo que necesito en cualquier circunstancia.

9 de marzo de 2011

Por la estación de la vida

Rodeados de susurros. ¿Te acuerdas? Formamos una nueva familia, una nueva comunidad, en el pabellón de neonatos. Nos hicimos amigos, por lo menos durante diez días, de otros padres que sufrían por sus pequeños. Supongo que tú te encariñaste con tus vecinos de cama.

Emiliano, prematuro pero con unos chillidos potentes. Toñito, simpático pero que se negaba a comer. Manuel, rojito pero con una madre persistente. Había más. Los gemelos, la niñita con Síndrome, el chiquito de 1.900.

Y sus padres. Todos con rostros demacrados, mostrando en los ojos el cansancio físico y emocional, aguardando el reporte médico en la mañana y en la tarde. Todos formados, haciendo plática trivial. Luego, uno a uno se aproximaba a la puerta y escuchaba el veredicto.

En algunas ocasiones se traslucía una sonrisa y todos respirábamos mejor. El bebé iba bien. En otras, el ceño se fruncía aún más, y todos nos dolíamos. El bebé no mejoraba.

Los primeros días nos tocaron más lágrimas que risas. Jamás olvidaré a la pareja que abandonó la sala con la expresión de aguda pena. Después presenciamos la sonrisa de esperanza de los que se iban a casa. Y aún cuando compartíamos su alegría, en el silencio del corazón nos preguntábamos: ¿y nosotros cuándo?

No había día y noche, no había horas ni fechas especiales. El Super Bowl pasó sin pena ni gloria. El día del amor y la amistad poco importó. Solo existían las incubadoras y los vecinos (los otros padres); los médicos y las enfermeras; los guardias en las puertas.

No era necesario presentarnos. Después de un par de días, los policías nos reconocían. Supongo que pensaban: “Ahí viene una mamá de neonatos; es un papá de neonatos”. Traíamos pañaleras con el tira leches, una cobijita, nuestra ropa para entrar a verlos (gorro azul, casaca azul, cubre bocas).

Así sucedió. Nos topamos con otros padres y otros pequeños en una estación más del tren de la vida. La estación del “dolor”; la estación “neonatal”. Me pregunto si algún día los veremos de nueva cuenta. ¿No te gustaría ir un día al parque para jugar con Emiliano o con Manuel? ¿No te agradaría visitar a Toñito en su pueblo?

Quizá en una próxima estación.

7 de marzo de 2011

Te vi y te amé

Susurro porque no me gusta recordar, y al mismo tiempo, vivo de ese recuerdo. Solo veía la luz del quirófano sobre mis ojos. Sentía el cuerpo dormido, pero estaba consciente. Quería escuchar tu llanto que no venía. Sabía que estabas fuera de mí, pero no te oía. Me entró un poco de temor.

De repente, un chillido débil y breve. El miedo recorriendo mi espalda. Minutos que se hicieron horas hasta que la enfermera puso tu carita a mi lado. Tus ojitos cerrados, tu nariz respingada, tus labios delgados. Solo me dio tiempo de darte un beso rápido. Pero desde ese instante te amé.

La segunda vez que te vi mi corazón se rompió en dos. Arrastrando los pies y sujetando la bata de hospital para cubrirme, avancé detrás del cristal. Incubadora tras incubadora, camita tras camita. Bebés pequeños, frágiles, enfermos. Llegué hasta donde estaban mis apellidos, y mis ojos se nublaron.

Eras tú. Me acordaba muy bien de ti. Te reconocería en cualquier lugar. Tu color de piel, tus mejillas regordetas, la forma de tu cráneo. Te quería tocar, pero un cristal se interponía entre los dos. Tuve miedo al ver los tubos y sensores sobre tu cuerpo. Solo vestías un pañal. Te veías tan diminuto. Cuánto te amé.

La tercera vez que te vi pude entrar y librar el cristal. “No lo cargue, no lo agite”, me dijeron. Solo podía hablarte en susurros y rozar tu piel. Te aplicaban fototerapia. Traías en los ojos una especie de gafas para no lastimarte. No podía ver tus ojos, pero sí tus labios, tu nariz, tus bracitos y piernitas.

Mil pensamientos me embargaron. ¿Cómo dejarte allí solo cuando ansiaba llevarte a casa conmigo? ¿Tendrías miedo por las noches? ¿Reconocerías mi voz? Pero un pensamiento me consoló y me armó de valor. El Buen Pastor velaría por su corderito. Y yo te amé.

Al igual que tu papá, ahora sé que ya no hay marcha atrás. Como te amé desde antes, te amo hoy y te amaré mañana, y en el proceso, aprendo y comprendo, un poquito más cada día, lo que es el amor de Dios. Él me vio y me amó. ¡Qué maravilla!

4 de marzo de 2011

Frágil y pequeño

Susurro en tu oído un misterio. Increíble, pero un día, el Señor Jesús fue como tú, un bebé. A mí también me impresiona y me deja muda.

Un día, las manos que formaron al mundo se encerraron en dos puñitos que ardían por cólico.

Un día, los pies que pisaron los montes, se ocultaron detrás de una cobija que lo protegía del frío.

Un día, los ojos que miraban todo y en todo lugar, se cerraron para dormir.

Un día, los labios que pronunciaron que se hiciera la luz, clamaron en llanto por alimento.

Un día, la inmensidad se guardó en un cuerpecito pequeño que María pegó contra su pecho y arrulló para ayudarlo a dormir.

Increíble, pero cierto. Un día, lo eterno y poderoso, fue frágil y pequeño.

2 de marzo de 2011

Una mirada perfecta

Susurro porque podrías despertar, y no quiero, por lo menos, no aún. Pero tengo tanto qué decirte. Rescaté de entre los CDs uno de mis favoritos, pero no había adquirido tanto sentido como ahora. Se debe a ti.

Una de las canciones nos invita a acercarnos a la cuna, no tu cuna, sino la de Jesús, donde se encuentra paz y gozo. Sin embargo, una frase me encantó. Dice: “Simplicity speaks in the innocent upward trusting glance of a child”.

Y así me miras hoy. Me hablas de la sencillez de la vida a través de tu mirada inocente, hacia arriba, confiada. Tres cosas que me hacen meditar en esta mañana.

Tu mirada inocente. En la que no existe malicia ni doblez. Una inocencia que no excluye el pecado, sino que más bien acepta su debilidad y dependencia. Así debo mirar a Dios.

Tu mirada hacia arriba. Buscándome, a mí, quien ha prometido protegerte. Siempre miras arriba, no abajo donde no encontrarás ayuda. ¿Y yo? ¿Dónde encontraré auxilio? Arriba. Así debo mirar a Dios.

Tu mirada confiada. Cuando me observas, pones en mis manos tu vida. Por tu mentecita no cruza siquiera la posibilidad de que yo quiera tu mal o te vaya a fallar. Confías en que te daré lo que necesitas. Así debo mirar a Dios.

Gracias por enseñarme lo que significa una mirada perfecta.