
No quiero que leas esto hasta que seas mucho mayor. Es terrible lo que sucedió, pero cierto:

No quiero perder el espanto, así como lo oyes. No quiero acostumbrarme a las noticias y ya no escandalizarme por asesinatos en colegios, o muchachas que abandonan a sus hijos, o criminales que matan a sangre fría.
No quiero perder el espanto cuando sé que muchos mueren por falta de comida o debido a desastres naturales, cuando me entero que gente conocida padece enfermedades terminales. Pues quizá más que espanto, deseo tener compasión, empatía, amor.
No quiero perder lo que no debo perder…
No quiero perder tu capacidad de asombro. Cómo abres los ojos cuando ves algo nuevo, o colorido, o un rostro familiar. No quiero perder la emoción que transmites al patalear y reír cuando te muestro un libro que te gusta o cuando nos reímos contigo.
No quiero perder el asombro de cada mañana, al abrir las ventanas y observar los cerros verdes que me rodean; no quiero perder el asombro cada día cuando lucho con mis amigas las hormigas, pero admiro su persistencia y trabajo; no quiero perder el asombro de verte dormir, crecer, cambiar.
No quiero perder el asombro…

Entras a una librería y encuentras un mundo de opciones: libros pequeños y grandes, con ilustraciones creativas y sencillas, temas variados y didácticos, literatura clásica y moderna
Entras a una librería “cristiana” y encuentras pocas opciones: Biblias ilustradas (gran variedad), historias bíblicas clásicas (algunos personajes no son considerados dignos de estos libros, como Eliseo o Uzías), algunos libros de cuentos (de autores conocidos como Max Lucado; por cierto, elevados de precio).
Me entristece esta diferencia, porque quiero comprar libros para mi hijo, quiero darle una variedad sustanciosa, entonces me encuentro más veces en las librerías “normales” que en las “cristianas” porque existe más calidad, más literatura.
(Aunque también debo reconocer que reviso el contenido, pues me he llevado varias sorpresas en el aspecto de temas y puntos de vista sobre la vida).
Entonces, invito al debate. ¿Qué te gustaría ver en las librerías cristianas para tus hijos? Incluye temas, presentación, estilo (cuento, novela, poemas), precio. Aquello que quieras que tu hijo lea y lea y lea. Y sí, ¿por qué no? Quizá recopile las respuestas y las mande a algunos amigos editores.
A final de cuentas, todos buscamos el bien de la niñez. Y queremos ver libros con valores cristianos en nuestras casas.

En una sociedad sin dirección, surgen reinas y reyes que ordenan: “¡Primero la sentencia! ¡Tiempo habrá para el veredicto!” ¿No nos suena familiar? Parecería que en lugar de un cuento, leemos los titulares de muchos periódicos. Así que, evaluemos a dónde vamos, o daremos vueltas sin lograr nada y perjudicaremos a nuestra sociedad en el proceso.
Quizá pongamos de excusa no tener tiempo para meditar en estas cuestiones de tanta importancia. Quizá lo malgastamos en otras cosas, pero haríamos bien en actuar con más respeto —como el Sombrerero lo hacía— pues el Tiempo es un señor. Quizá, como el Sombrerero, nos hemos peleado con el señor Tiempo, y ahora en nuestra vida siempre son las seis de la tarde.
No tiene porqué ser así. Aún podemos despertar de la pesadilla, como lo hizo Alicia, para descubrir más sobre nosotros mismos y hallar la dirección de nuestra vida. Todavía podemos meditar en que los libros, aún cuando no tengan ilustraciones ni diálogos, son interesantes y pueden brindarnos gran sabiduría. Al final de cuentas, en palabras de Carroll: “Todo tiene moraleja. Hay que dar con ella”.
Nuestro mundo, después de todo, no es más lógico, ni más justo, ni más normal que el de Alicia, pero aquí nos tocó vivir, y con un poco de introspección, con una búsqueda de metas, con un mayor respeto a lo que importa, podremos abrir los ojos y hallar sus muchas maravillas.

Otro de los famosos encuentros de Alicia es con un gato de enigmática sonrisa. Alicia le pide: “¿Por favor, podría indicarme qué dirección debo seguir?” El sabio minino responde: “Eso depende de adonde quieras ir”. Alicia contesta que no importa el lugar, así que el gato concluye: “En ese caso, tampoco importa la dirección que tomes”.
Alicia nos enseña que no podemos ser dos personas a la vez. Pero ¿no será que muchas veces nos sentimos confundidos y desorientados porque no sabemos a dónde vamos? Si carecemos de metas, ¿acaso importa el rumbo?
En esta sociedad postmoderna, corremos el riesgo de perdernos. Vemos ejemplos de jóvenes sin objetivos ni sueños que prefieren terminar con sus vidas o que eligen vivir para un vicio o que entran con armas a las escuelas y matan al prójimo. Quizá en el mundo de Carroll no importaba la dirección ni el rumbo, pero en este mundo resulta vital.