27 de junio de 2011

Descubrimientos: una gotera

En alguna época de mi vida me sentí doña-perfecta-todo-bajo-control. Pero ahora, como madre y esposa, he perdido el control y me he visto a mí misma de un modo más objetivo. Por lo mismo, quisiera compartir algunos de mis descubrimientos.

Empecemos con la gotera. Un proverbio dice que una esposa que se queja y busca pleitos es tan molesta como una gotera continua en un día de lluvia. Tengo una gotera en casa. Se encuentra fuera, en el cuarto de lavado, lo que me tranquiliza pues no escucho su drip drip noche y día.

Pero, como antes dije, en algún tiempo leí este proverbio y sentí pena por los esposos que debían soportar este tipo de mujeres. Tristemente, hoy veo que, como esposa, tengo todo el potencial para ser una gotera continua.

De hecho, confieso que ya soy una gotera. Me pongo a enumerar todo lo que hago en el día como para que mi esposo tenga compasión de mí y me felicite, siendo que lo debo hacer solo por amor y obediencia a mi Dios. ¡Me resulta tan fácil enlistar todo lo que se debe componer en casa o que me falta para mejorar mi calidad de vida!

En fin, ya soy una gotera. Y el único que me puede parchar es Dios. Mi oración es que no me vuelva “continua”. Así que comienzo reconociendo mi imperfección y rogando a Dios que selle mis labios, que cambie mi corazón y me enseñe contentamiento.

No soy doña-perfecta, ni tengo todo-bajo-control. Gracias a Dios, pues así puedo ver su gracia transformando mi vida en cada momento. Y pido a Dios que me ayude con el impermeabilizante de su amor y su Palabra.

21 de junio de 2011

Llorando por Sudáfrica


Cómo refresca la buena lectura. Encontrar un buen libro equivale a hallar un oasis en el desierto, o a una buena siesta después de un día ajetreado. Hacía mucho que no leía algo tan profundo y sencillo, tan humano y tan divino, tan desgarrador y tan lleno de esperanza.

Me refiero al libro “Cry, the Beloved Country” (Llora, el Amado País) de Alan Paton. Lo leí en inglés, y tristemente no encuentro copias en español aún. Pero me resulta una de las mejores novelas que he leído. Trata de un hombre, un religioso, un umfundisi que viaja a la ciudad de Johanesburgo en busca de su hermana Gertrudis de quien no sabe noticias. También aprovecha para indagar por su propio hijo, Absalón, a quien envió en busca de Gertrudis, su tía.

Se topa con la realidad de un pueblo africano y negro, oprimido y pobre, que acude a la prostitución y a la criminalidad en plena época del apartheid. Aún más, divaga sobre la realidad de las cosas y la tragedia de su pueblo. Un libro que pinta las verdades profundades del alma humana, y que nos hace reflexionar sobre lo que importa en la vida. Una lectura –en mi opinión- obligada para quienes amamos la vida. Pues no hay buenos ni malos, solo hombres blancos y negros, corrompidos e imperfectos, pero algunos, con la firme resolución de no caer en la trampa del racismo, de la imparcialidad y de la injusticia; y con la firme idea de no formar parte del ciclo de la corrupción de su país.

Sudáfrica nos ha dado grandes hombres, como Nelson Mandela. Ahora incluyo en la lista a Alan Paton, un escritor de primer nivel. Y los dejo con algunas frases para reflexión:

“Me enseñó que no trabajo para los hombres, sino para la tierra y la gente. Ni siquiera trabajo por el dinero. Trabajo para África”.

“Nuestro Señor sufrió. Y he llegado a creer, que no sufrió para salvarnos del sufrimiento, sino para enseñarnos cómo soportar el sufrimiento. Porque él sabía que no hay vida sin sufrimiento”.

“El poder corrompe. Pero hay una sola cosa que da verdadero poder, y es el amor. Porque cuando un hombre ama, no busca el poder, por lo tanto, tiene verdadero poder”.

14 de junio de 2011

Divagando sobre la educación (3)

La disciplina del buen comportamiento

¡Oh sí! Aunque los psicólogos tuerzan la boca, cualquier maestro que ha estado frente a grupo ruega por disciplina en el aula. Los niños mismos la piden a gritos, pues la disciplina les da seguridad y les permite aprender. De lo contrario, en un aula donde reina el caos, los niños están más preocupados por la sobrevivencia entre sus compañeros.

¿Cómo se logra esto? A la antigua, diría yo. Exigir uñas limpias, camisas blancas y fajadas, faldas largas para las niñas, zapatos boleados. Un pupitre con todo en su lugar. Responsabilidad con el material. Repetir el trabajo si quedó sucio o tachado. Atención en la fila. Silencio mientras la maestra habla. Levantar la mano para pedir la palabra. Respeto a los mayores.

Y todo esto se logra a través de reglas. Tristemente, el problema viene a la hora de ejecutar una sanción. El niño sabe que la maestra no tiene autoridad. La maestra sanciona, pero el padre se queja y el director cede. El director baja las manos porque teme que los padres dejen de aportar la colegiatura o se quejen con supervisores más arriba. Los maestras no quieren perder su trabajo. Los padres no desean aceptar su falta de disciplina en casa, ni dejar de trabajar por atender a sus hijos. Un círculo vicioso. Pero alguien tiene que ceder, de lo contrario…

¿No estaremos preparando a la siguiente generación de criminales? ¡No lo creo! Aún hay esperanza. Solo se requiere… disciplina.

8 de junio de 2011

Divagando sobre la educación (2)

La disciplina de la lectura

De acuerdo, educadores, enseñemos a los niños a razonar. Cuando tienen en su corazón los datos, pueden empezar a atar cabos. ¿Cierto? Pero razonar, escudriñar, aprender conceptos, también requiere disciplina. Pondré un ejemplo.

Cuando aprendí a tocar piano memoricé las notas. Después trabajé sobre varias piezas. Ignoraba sobre las tonalidades y las bases de la composición. De hecho, muchas piezas las toqué tantas veces que aún hoy me puedo sentar al piano y producirlas sin gran esfuerzo. Pero un día que quise experimentar, todo ese conocimiento vino a mí para auxiliarme. Si bien jamás me dieron una cátedra sobre el círculo de do, yo lo conocía por distintas melodías.

Del mismo modo, me parece que la repetición lleva a la comprensión. Pondré otro ejemplo. De tanto copiar cosas bien redactadas, comenzamos a internalizar la buena ortografía. Me pregunto porqué hoy los niños escriben tan espantosamente y concluyo que no leen lo suficiente. La lectura, a final de cuentas, nos enseña a razonar.

Y no me refiero solo a leer novelas. Los niños deben leer libros de texto, libros que hablen sobre cómo funcionan las cosas. Tienen sed de aprender, pero la queremos satisfacer con programas de televisión que –aún cuando se dicen educativos- tienen el propósito de vender y entretener. Un libro, sin embargo, es mucho más serio, más centrado, más acertado.

Y hablando del tema, ¿leen nuestros niños la Biblia? Quizá hoy parezca repetitivo leer las mismas historias una y otra vez. Desde niña conocí a Adán y a Eva, a Noé, al pastorcito David. Pero llegó en un momento en que todo adquirió sentido. Vi más allá de la historia para entender la enseñanza, la aplicación, la comparación con mi propia vida. Doy gracias porque mis padres se tomaron la molestia de leerme la Biblia. Me facilitaron el camino.

Y aún más, abrieron mi apetito por la lectura. Mi deseo es que en el futuro mi hijo me lo agradezca también.

Continuará…

2 de junio de 2011

Divagando sobre la educación (1)


a. Al maestro le ofrecen un beneficio económico si sus alumnos salen con calificación alta en una prueba de conocimientos a nivel nacional.

b. Los alumnos no saben gran cosa.

c. El maestro ayuda a los alumnos a sacar una buena nota.

¿Cómo se llamó la obra? La educación en México. Triste, pero cierto. ¿Qué nos ha pasado? Podríamos culpar los programas, los profesores, los sueldos de los profesores, pero a mí me parece que lo que hemos perdido de vista es la disciplina. La permisividad y el libertinaje reinan hoy en el aula, por dicha razón, el progreso académico es menor, y la inseguridad, aún para niños, aumenta.

Propongo tres cosas…

La disciplina de la memorización

Sí, es una disciplina. Y no está pasada de moda. En la actualidad las “técnicas educativas” ven con menosprecio la memorización. Pero sin ella, preferiría no ser atendida por un médico que no se grabó los huesos del cuerpo y la ubicación de cada órgano, ni me gustaría escuchar una improvisación de Bach solo porque el músico no logró aprenderse las notas.

La memorización, en pocas palabras, es útil. ¿Qué memoriza uno en la escuela? Datos, sí, pero que a la larga se vuelven piezas vitales en el aprendizaje. Me refiero a las tablas de multiplicar, las fórmulas químicas, las capitales de los países, las reglas ortográficas. Quizá al principio no hay verdadera comprensión, pero un día las sacaremos del baúl de la memoria y harán magia.

Y por cierto, propongo que los niños –aún sin proponérnoslo- siguen memorizando. Saben las canciones de moda, los diálogos de películas, las malas palabras. ¿Por qué no llenar sus mentes y sus corazones de cosas buenas?

Finalmente, a los padres nos corresponde ayudarles a memorizar las Escrituras. Les estaremos dando un regalo al hacerlo. La Palabra de Dios les ayudará a “no pecar contra Él”, a “meditar en ella de día y noche”, a “ser sabio”, “perfecto… enteramente preparados para toda buena obra”.

Un niño de cinco años ya debería recitar el Salmo 23 y otros más. El salmo 1, el 121, el 8, el 24. Un niño de ocho años podría manejar con facilidad el capítulo del amor en Corintios, y declamar Filipenses 2:5-8. (Por cierto, qué pena que en la educación se ha perdido el arte de la poesía. ¡Qué hermoso era recitar a Rubén Darío o a Amado Nervo!) Y un niño mayor, Isaías 53, Juan 14, Juan 15.

No menospreciamos la disciplina de la memorización.

Continuará…