28 de julio de 2011

Cerros a mi alrededor

Una de las cosas que amo de mi nueva casa es la vista. Vivimos en un valle, así que alrededor de nosotros se levantan cerros, muchos cerros verdosos, por el clima semi tropical.

Cuando estoy cansada, triste, o necesito tiempo fuera. Me asomo por las ventanas o salgo al jardín y contemplo los cerros. Me confortan, sin lugar a duda. Quizá porque me traen a la mente aquel salmo.

“Alzaré mis ojos a los montes, ¿de dónde vendrá mi socorro?”

Mi socorro viene de Dios, quien hizo los cielos, la tierra y los cerros. Alzo mi vista y me vuelvo a ubicar. Alzo la vista y alabo a Dios. Nada como la naturaleza para inspirarme, motivarme, impulsarme, pues ella me lleva de regreso al Creador.

25 de julio de 2011

Cocinando y creando


Escribir es como cocinar. Abres la puerta del refrigerador y ves lo que tienes. Sacas los ingredientes e improvisas para componer un almuerzo. Palabras de una de mis escritoras favoritas: Madeleine L’Engle. Pero tiene mucha razón.

Abro la puerta de mi mente y encuentro todo aquello que he pensado en la semana, en el día, en una hora. Añado lo que he leído, lo que he escuchado, lo que he visto. Compongo mis letras y les doy un poco de orden. Y algo surge de la pluma.

Me gusta cocinar. Me encanta escribir. En ambos, espero el halago de: qué rico pastel; qué buen libro. Pero en el fondo, sé que ambos son algo que tengo que hacer, que debo hacer, pues así he sido creada.

Como madre y esposa, quiero, debo, necesito alimentar a mi familia. Como escritora, quiero, debo, necesito compartir lo que pienso. En ambos casos, lo hago con temor y temblor. Debo ser cuidadosa de que nadie resulte enfermo o intoxicado. Debo procurar que haya nutrientes, y no sirva comida chatarra.

En fin, gajes del oficio.

21 de julio de 2011

Criando y creando

Te susurro, aunque a veces alzo la voz. Comienza la etapa en que tú protestas y yo también. Entonces se acumula la frustración en ambos, aún a tan temprana edad, y me cuestiono tantas cosas. Ese es el problema de tu madre: no deja de pensar.

La pregunta es: ¿para qué te estoy criando? No en el sentido de porqué lo hago, sino para qué lo hago. ¿Qué quiero que seas en el futuro? Se me ocurren respuestas bonitas de revista para mujeres o de libros de auto desarrollo.

Quiero que seas una persona con valores que aporte a la sociedad. Quiero que crezcas y te realices en aquellas cosas para lo que eres bueno y te gusta. Quiero que tengas un buen trabajo, una familia feliz y una vida plácida.

Eso último es el sueño americano. Dinero, comodidad, cero problemas. Yo le llamo, una idea de fotografía. ¿Te has fijado que no subimos a facebook fotos que no nos convengan? Es más, a ti ni siquiera te fotografiamos cuando lloras. No queremos pensar en tu dolor, ni en tu berrinche. Tratamos de ahorrarnos esos pensamientos.

Volviendo al tema, pienso si Sara sabía que criaba a Isaac para una vejez con ceguera. ¿Sabía Elizabet que criaba a un solitario, paria de la sociedad, que moriría asesinado por un rey déspota? ¿Pensó Betsabé que su hijo acabaría mal sus días, repleto de mujeres y dioses paganos? Supongo que no. O tal vez sí.

¿Cómo pensaban las madres de aquellos tiempos? En la Edad Media se daban por bien servidas si sus hijos sobrevivían la infancia. En otras épocas solo rogaban un trabajo decente. Pero hoy no. Queremos súper niños. Deseamos que ustedes reciban lo que nosotros carecimos.

Me pongo a pensar si te estoy criando para ser un siervo de Dios o un siervo de ti mismo; si te educo para el sufrimiento o te evito el sufrimiento creyendo que con eso te hago un bien. Ya sabes que me gusta divagar…

A final de cuentas, mejor clamo a Dios como los padres de Sansón: “Señor, ¿cómo criaré a este niño?” (paráfrasis mía). Que Dios me ayude a criarte, pues en el proceso, él estará creando tu carácter. El Creador te ha dotado con todo lo necesario para aquel propósito futuro que tiene para ti. A mí solo me toca criarte. Y sin él, no tendré éxito. Así que dejo todo en manos del Creador.

11 de julio de 2011

Descubrimientos: una comunidad

He leído y escuchado comentarios diversos sobre la vida espiritual en fechas recientes. Todos buscamos a Dios, o así parece, pero muchos insisten que se trata de una búsqueda individual. En cierto sentido, tienen razón. Cada uno dará a Dios cuenta de sí.

Pero en mi peregrinar, comprendo que la fe es comunitaria. Una comunidad de fe nos brinda el soporte que necesitamos. A final de cuentas, ese fue el sueño de Jesús: que sean uno. No que cada quien sea uno, sino que el conjunto de sus hijos fuera de un mismo sentir.

Sin embargo, el concepto de comunidad ha diferido al original, en mi opinión. Tu comunidad de fe no es un grupo de amigos con quienes te llevas bien. Tu comunidad de fe no es un grupo social del estrato al que perteneces. Tu comunidad de fe no es un grupo que a final de cuentas eliges por afinidad. Eso son los amigos, pero ellos llenan otras necesidades.

La comunidad de fe, como lo veo yo, consta de gente que tú “jamás habrías escogido” por tu propia voluntad. Consta de gente de “diversos estratos sociales”, pobres y ricos, clase media e indigentes. Consta de gente que te “sacará de tus casillas” de vez en cuando. Pero que, cuando este grupo se reúne alrededor de los emblemas de la Santa Cena, todo eso se olvida. Incluso, los llegas a amar. Porque al partir el pan y beber el vino, al escuchar las meditaciones o entonar los cantos, todo eso se disipa y surge el amor, surge el poder de “ser uno”, pues todos estamos en el mismo barco de la gracia.

Triste que muchas iglesias ya no le dan importancia a la Santa Cena. Lo hacen como un “compromiso” más en la agenda, y le restan tiempo. Cada vez menos: una hora, media hora, quince minutos. Cada vez más espaciado: cada mes, cada seis meses, cada año. Pero la Santa Cena es y será, siempre, un mandamiento único, esencial y profundo que nos enseñará la importancia de una comunidad de fe.

4 de julio de 2011

Carta abierta

Querido tú,

Aunque no quiero tocar el tema más, porque ya lo discutimos hace poco que estuvimos juntos, no puedo dejar de pensar en ti. A veces siento que soy torpe con las palabras, y he encontrado algo que quiero compartir contigo para explicarme mejor. Tomo las palabras de mi querido Henri Nouwen:

“Es posible llevar una vida muy sana, emocionalmente rica y “sensible” sin ser una persona espiritual, es decir, sin un conocimiento o una experiencia personal del terreno en el que se ocultan el significado y la finalidad de nuestra humana existencia”.

Quizá tú seas de estas personas. O tal vez has comenzado a buscar las respuestas. Lo cierto es que te rodeas de este tipo de individuos, lo que no está mal. Sin embargo, ¿acaso no nos ves a nosotros como un par de chiflados por buscar algo más?


¿Y qué es la vida espiritual? Nouwen la define: “La vida espiritual conduce a una nueva forma de vivir, más que a una forma de pensar. La vida espiritual es una búsqueda, y en cada fase de mi búsqueda he descubierto también que Jesucristo permanece en el centro de mi búsqueda. Para mí, por lo tanto, vivir espiritualmente significa vivir con Jesús en el centro”.

Y ahí está la razón de mi insistencia. Verás, toda esa gente sana en sus emociones, incluso rica y sensible, pero que no tiene a Jesús en el centro, se haya presa de una condena, aún cuando se le intente negar. ¿Y tú?

No descuides esa parte espiritual, te lo ruego. Que Jesús sea tu centro. Busca las respuestas, y darás con él, te lo aseguro. ¿Y por qué mi prisa y mi volver al mismo punto? Tú también nos aconsejas, y quizá no hemos hecho caso de todo lo que nos cuentas. Pero si bien aún nos falta camino por recorrer, aquello que tú nos apremias no implica la vida y la muerte, pero este punto que late en nuestros pechos, sí.

Te amamos, te queremos ver a nuestro lado hoy y en la eternidad. Perdona la insistencia. O más bien, no la perdones. Enójate si quieres, táchanos de locos, pero recuerda que hay una parte espiritual, y que descuidarla, resulta mortal.

Atentamente,

Yo

pd. Esta es una carta abierta, sin sobre ni sello postal, para que la leas tú, para que la recuerde yo. Y si "ellos" la leen, mucho mejor.