9 de enero de 2012

Los "padres" de nuestra nación

Leí sobre aquel choque de culturas: aztecas y españoles, uno de los momentos trascendentales de nuestra historia. De ella resaltan dos nombres: Moctezuma y Cortés.

Me llamó la atención que cierta autora los describe como dos hombres profundamente religiosos. De hecho, cada uno a su manera, en honor y respeto a sus creencias, actúa como la historia nos ha contado ya muchas veces.

Moctezuma, creyendo que Cortés es Quetzalcóatl, lo recibe. Cortés, enfadado ante la idolatría y los sacrificios humanos, destruye una nación.

¿Será por ello que como mexicanos tendemos a ser muy religiosos? ¿Acaso no corre por nuestras venas la sangre mestiza de aquel ancestral encuentro?

Pero ser religiosos no es lo mismo que ser espirituales. La religiosidad provoca culpa y miedo; la religiosidad nos hace creer que debemos hacer cosas para ganar algo a cambio.

La espiritualidad, en cambio, nos recuerda que por nosotros mismos no ganaremos nada, pero que por medio del favor divino tenemos acceso a su presencia.

La espiritualidad se reflejó más bien en aquellos religiosos que quisieron rescatar la historia de los indígenas; que se interesaron en aprender su lengua. No los quisieron destruir; les quisieron más bien compartir el amor de Dios.

Aún hoy vemos la herencia de aquel encuentro. Buscamos en la religión la solución a nuestros problemas. Pero más bien debemos mirar arriba, a quien mora sobre todas las cosas, confiados en que él se agacha para sostener nuestra mano.

Me parece que uno de nuestros peores defectos como nación ha sido esa religiosidad ciega, que solo cumple ritos para que “siga saliendo el sol”. Pero afortunadamente en nuestra historia se cuelan nombres de hombres y mujeres, como Nezahualcóyotl, que comprendieron que más bien se trata de una relación personal con el Creador.

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