19 de noviembre de 2012

A ciegas (parte 2)


Pablo lo especifica en 2 Corintios. Andamos por fe, no por vista.

Con los ojos terrenales vislumbro el trayecto. Mido la distancia, calculo el tiempo y decido cómo andar. En la vida de fe, sin embargo, me encuentro como en ese túnel para ciegos. Estiro los brazos y palpo con mis manos. ¿Qué hay delante? Me guío según lo que alcanzo a percibir con los dedos. Titubeo, me muevo unos centímetros o milímetros, cuestiono, dudo, llevo una velocidad de tortuga, y no de liebre.

Pero así es como Dios lo diseñó. ¿Por qué? Lo ignoro. No soy Dios, y jamás comprenderé sus pensamientos. Sin embargo, mi lógica señala que así debe suceder, pues de otro modo, confiaría en mí misma.

Cuando camino por la calle, no pido consejo ni ayuda. No le ruego a Dios que permita que el siguiente paso sea certero, ni que evite que caiga en un hoyo. ¿Por qué? ¡Porque veo! ¡Me valgo por mí misma! Sin embargo, cuando estoy “ciega”, de mis labios solo surgen ruegos y peticiones por una salida, un camino aplanado, una ruta accesible.

De eso se trata la fe: depender de Dios, confiar en Dios, andar con Dios.

Ando por fe, no por vista.

Aún así, los ciegos se enseñan a caminar. Aprenden a utilizar un bastón o un perro guía, y transitan con una confianza inusitada. Aún cuando, de ningún modo, aventarían su bastón a un lado.
Supongo que Dios, sabiendo que aún los ciegos adquieren experiencia, advierte en contra de una confianza excesiva.

Hablando en contra de los fariseos, los religiosos de la época, advierte que algunos ciegos se convierten en guías de ciegos. Si ambos no ven, ¿acaso no caerán en un hoyo?

Me he topado con algunos guías de ciegos —ciegos— que me han hecho dudar. Aquellos que creen dominar la vida cristiana y proponen tres o cuatro secretos para el éxito espiritual. Aquellos que dicen entender la mente de Dios y cuáles son sus planes secretos para mi futuro. Aquellos que fingen poseer el poder de Dios para repartir dones y manifestar al Espíritu. Aquellos que combinan las filosofías del andar corporal con el espiritual y ofrecen una mezcla mentirosa de la vida cristiana.

Ciegos que guían otros ciegos.

Por eso, Dios nos invita a andar por fe, no por vista. No creer en todo lo que suena lógico o razonable, ni imitar las conductas de los iluminados. Más bien, tentar, palpar, titubear. Movernos poco a poco, con una oración constante en los labios; temerosos del cuerpo, desconfiados de los sentidos; andando por fe, no por vista.

Las enfermedades del cuerpo se repiten en el alma. Enfermedades que nos hacen ver más hacia dentro que hacia fuera; miopías severas que distorsionan la verdad; ceguera total que fingimos controlar; cánceres incurables por medios no milagrosos.

Andamos por fe, no por vista.

Y por eso, agradezco a Dios este cuerpo débil y enfermizo, que me tumba en la cama de vez en cuando y me obliga a mirar hacia arriba, hacia el techo, pues no me queda otra opción. Me hace detenerme y meditar en que no puedo sola.

Allí en la cama converso con Él. Vuelvo a extender los brazos para tentar las paredes, después de una dura caída. Examino los motivos que me han conducido a errar el camino, una vez más. Sobre todo, me repito con insistencia: ando por fe, no por vista.

No todo lo que brilla es oro; aún no domino los primeros pasos; no alcanzo a ver más allá de lo que mis manos tientan. Dependo de Él, lo necesito a Él, me aferro a Él.

Pues a diferencia de aquellos guías de ciegos que engañan y desvían, Él ve con claridad mi futuro. Él es luz, y en Él no habitan las tinieblas. Él me guiará más allá de la muerte. Pues es el camino, es mi guía.

Ando por fe, no por vista. 

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