9 de agosto de 2013

Cecilia y el tranvía


Todo cambiará para bien. Pronto dejará la vecindad; de eso está segura. Y con esa convicción, baja las escaleras que llevan al patio donde los lavaderos congregan a tres vecinas que inician temprano sus labores. Cecilia eleva la nariz al cielo para anunciar su presencia, pero las tres se hacen las desentendidas.

La casera tampoco asoma su pico de buitre y sus ojos de viborilla con que vigila cada rincón del lugar. Que lave bien las letrinas, unas de sus responsabilidades, en lugar de meterse en lo que no le importa. Cecilia aún no olvida que por culpa de ella, la policía acusó a la del 5 de infanticidio. Cierto que todos notaron que ganaba peso, luego que a los nueve meses se recluía y no salía. Después Panchito halló una masa ensangrentada en la basura y el escándalo se armó. Pero, ¿de eso a llamar a la policía?

En fin, Cecilia no se amarga el día con tristes recuerdos. Su vida pronto cambiará. Año nuevo, siglo nuevo. A un suspiro del Centenario de la Independencia. Trae un vestido blanco con moño azul en el cuello, que combina con su sombrerito, uno de ya varios años, pero que con sus cuidados aún se ve fresco. Ella luce como señorita refinada, no como esas pobres que pasean con sus faldas de holanes un chal sobre los hombros.

Segundo, tomará el tranvía por primera vez. En su mano trae el costo del pasaje, y nada le robará el gusto de transportarse como lo que es, una mujer en vías de superación. Así que con una risita se coloca en la parada y aguarda unos minutos. Mientras tanto, contempla las carretas tiradas por mulas. Tal como Emilio ha profetizado, la era de los animales ha llegado a su fin. No más estiércol ensuciando las avenidas, no más mulas necias negándose a avanzar y deteniendo el tráfico.

Progreso. Educación. Mejor calidad de vida. Emilio trabaja en los tranvías. Cecilia se pregunta si conducirá el que ella tomará rumbo a la esquina de San Bernardo y Callejuela. Emilio anda en los veintiséis años y es buen mozo, por lo menos a ella se le figura así. Le ha pedido ya varias veces irse con ella y dejar la casa de sus padres, pero Cecilia titubea. ¿Dónde vivirán?

Emilio ha rentado un cuarto en una vecindad al otro de la ciudad. Cecilia lo revisó el sábado anterior y le agradó. Más amplio que el de sus padres, con una cama resistente y una mesa pintada de azul. Ella le dará los toques necesarios.

Cecilia estrena un empleo también. Trabajará en el gran almacén el Palacio de Hierro, donde los precios son “invariablemente fijos”, como su padre anuncia esa mañana al leer un anuncio en El Mundo Ilustrado. “Gran venta excepcional en los departamentos de confecciones, vestidos y sombreros para señora. Extraordinaria rebaja de precios”. Un almacén de ensueño.

—Y mira —le dijo su padre—. Dice: “Este departamento es solo atendido por señoras y señoritas”.

Cecilia no quiso aclarar que ella comenzaría como simple empacadora, llevando y trayendo las cajas para guardar sombreros y otros enseres. Lo importante está en ganar un sueldo para sí comprarse unos nuevos botines. Emilio también le ha prometido colmarla de regalos a cambio de sus besos. Estaba cansado de verla a escondidas, en la esquina de su casa. Ansía poder abrazarla sin andarse cuidando de los demás.

Sus padres no se oponen a que la corteje, pero sí a un pronto matrimonio. Aunque en el fondo, Cecilia sospecha que su madre no tolera a Emilio. Ella repite que Cecilia debe buscarse un negociante.
Cecilia solo sabe que Emilio la adora.

Cecilia sueña con un nuevo estado civil. Casada, señora, con la capacidad de tomar sus propias decisiones. Ir de compras por su propia cuenta, preparar el menú del día, organizar la ropa. Emilio ascenderá de posición. Él lo asegura. Además, está estudiando. Por las noches se reúne con otro amigo en la biblioteca para instruirse. El conocimiento, repite, vale más que la fuerza física. Ya no se requieren hombres musculosos para tirar carretas, sino gente inteligente que aprenda a dominar las máquinas modernas.

Cecilia vestirá a la moda francesa y, cuando los niños lleguen, los engalanará con encaje importado. No volverá jamás a la vecindad donde la casera husmea en vidas ajenas y donde sus padres envejecen sin pena ni gloria. No tendrá que soportar el mutismo de su padre, un vendedor de escobas, ni la histeria de su madre, una lavandera. Sus hermanos, ya todos casados, le pedirán favores y no al revés. Nadie se burlará de su cabello crespo, pues pagará para que un profesional lo mejore.

Emilio tiene razón. La ciudad progresa y los arrastrará con su gloria. No más mulas, ni estiércol en la calle. Tranvías, autos, trenes. El presidente don Porfirio se encargará de convertir ese país de miseria en un paraíso de abundancia. Y Cecilia caminará a la par del avance y la razón.

El tranvía se aproxima. Emilio no lo conduce, pero Cecilia no se desanima. A él lo verá esa tarde. De hecho, se fugará con él ese mismo día. Después mandará por su ropa, o comprará un nuevo sombrerito en El Palacio de Hierro. Y si ahorra suficiente, adquirirá dos, cinco, diez vestidos que dejarán a las vecinas boquiabiertas.

Se sube al tranvía. El mareo dura unos instantes mientras arranca el vehículo; luego se sujeta de un barandal y se desliza en su asiento. Abajo caminan hombres con pantalones de manta; a lo lejos se perciben mujeres cargando bultos y flores. Las calles de la ciudad se inundan de vida. Vendedores ambulantes ofreciendo cabezas de vacas, tripas y tamales. Se pregunta si allá donde vive Emilio pasará un vendedor de café para despertarla. En la vecindad, el vendedor funciona como despertador, pues anuncia su mercancía con puntuales gritos y ofrecimientos.

Cecilia ama su ciudad. Cómo no admirar el Palacio de las Bellas Artes o la catedral. Cómo no apreciar las muchas iglesias y parroquias que ofrecen al hombre la salvación de su alma. Una ciudad que crece y se ensancha, negocios nuevos que sorprenden con todo tipo de artículos y sorpresas. Una máquina de coser. Un foco. Un radio.

Al irse acercando a san Bernardo, su estómago arde. Entrará al almacén por la puerta para empleados, pero con la frente en alto, luciendo su vestido blanco y su gorrito del mismo color; no como una empacadora, sino como la futura encargada del departamento de perfumes. Nadie impedirá su sueño. Nada la contrariará. Cecilia no es una ha cualquiera, sino una con destino y propósito. Esa noche huirá con Emilio. Cecilia será una dama, una señora, una mujer completa.

Entre los dos sueldos juntarán lo suficiente para la casa de dos pisos y muchos vestidos blancos. Blanco también para los niños: ropones blancos, gorritas blancas, baberos blancos, fallitas blancas. El blanco revela elegancia y refinamiento. El blanco dignifica al portador.

Cecilia acaridia el asiento del tranvía, la muestra del prometedor futuro de progreso y mejoramiento. Tranvías. Autos. Trenes. Más dinero. Más comodidades. Más oportunidades. Observa a unas elegantes señoras abordar un auto negro. Algún día Cecilia hará lo mismo. Algún día olvidrá que existen los tranvías pues contará con algo mejor. Por el momento, le da las gracias al tranvía por existir. Éste, como si la escuchara, disminuye de velocidad.

Con sumo cuidado baja la escalinata. Planta los dos pies sobre la grava y agradece la protección de Dios. El día anterior, según su padre se enteró, hubo un accidente frente a la tienda del Paje y la Purísima. Una mula se negó a avanzar, y el tranvía colisionó con la carreta. Ningún herido, salvo la mula, y le servía bien por terca.

Cecilia está completa. Lista para comenzar. Da un paso, uno solo, y la tragedia ocurre. Un auto pasa a escasos centímetros de ella, y el hábil conductor le atina a un charco de aceite que salpica su vestido blanco. Unas risitas de los desconocidos. Unos campesinos silbando con burla. Las lágrimas empañan los ojos de Cecilia. Se duele por su vestido blanco manchado por gotas de ese oscuro aceite que plaga las calles de la ciudad en aras del progreso. Antes estiércol, ahora aceite. Cecilia maldice en voz baja la superación del pueblo.

Aún así, se traga un sollozo y decide continuar su camino, con todo y mancha. Entonces se pregunta si se fugará con Emilio esa noche. ¿No será ese contratiempo una señal? Por lo pronto comprende el significado del aceite en su vestido blanco: no debe usar el tranvía ya más. Vive a cinco cuadras del almacén, y bien puede andarlas a pie.


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