19 de marzo de 2014

Dios y yo; Dios y tú

Una frase me persigue desde joven: "¿Y qué a ti? Sígueme tú". Me impacta tanto, que en algún campamento años atrás, compusimos un canto con dicho lema.

Resulta que en mi pequeño cuadro de referencia trato de meter a un Dios grande y poderoso y concluir por lo tanto que:
1. Dios actúa en la vida de otros como en la mía
2. Las cosas deben ser como las ven mis ojos

Por supuesto que caigo en errores que me desaniman y me hacen tropezar vez tras vez. En mis lecturas personales, llego entonces a uno de mis autores preferidos, Oswald Chambers, y leo lo siguiente:
Si permito que Dios me enseñe a caminar en su voluntad, le permitiré a mi prójimo, al que amo como a mí mismo, la misma certeza, aunque su camino parezca tan diferente al mío.
Entonces comprendo que, por ejemplo, para decir algo, la ficción es bastante útil. Resulta más alentador narrar una historia sobre cómo un personaje encontró a su pareja, que tratar de redactar reglas, consejos o principios para encontrar un esposo. ¿Por qué? Porque la variedad de respuestas y tramas que Dios puede crear es tan infinita como su misma persona.

Jamás terminaré de conocer a Dios, pero eso me da mucho trabajo de por vida, y al mismo tiempo, me da la oportunidad de sentarme y observar su creatividad en la vida de cada persona que voy conociendo en mi peregrinar. ¿Conclusión?

Tu camino puede ser muy diferente al mío, pero ¡camina en la voluntad de Dios y todo estará bien!

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