29 de mayo de 2014

Pastes: fusión inglesa y mexicana

En mis novelas he tratado de retratar y rescatar la belleza de los Pueblos Mágicos de México. El 11 de junio a las 6:00 p.m. se presenta mi novela PEREGRINA en la Casa de Cultura de Real del Monte, así que pensando en ello, en las siguientes semanas les regalaré algunos fragmentos acompañados de enlaces que pueden visitar para conocer más.

La comida siempre es un aspecto importante en cualquier cultura. En Real del Monte se fusionaron los "pastries" que comían los mineros provenientes de Cornwall con la cocina mexicana, y hoy se conocen como pastes, unas empanadas rellenas de mole rojo o de manzana, aunque la variedad es extensa.

Cuando se viaja a Pachuca o al Real, uno encontrará muchos negocios que ofrecen pastes. Hay que probarlos para entender de lo que estamos hablando.

Novela: Peregrina

Pueblo Mágico: Real del Monte

Liza despertó con los ojos hinchados de sueño. Para su buena suerte, era domingo y no trabajaría en la mina. Algunas chicas acudirían para continuar con el muestreo y ganarían dinero extra, pero algunas contaban con su día de descanso, y Liza había provocado cierta compasión en el supervisor quien decidió que tomara un día más para recuperarse.

En la cocina preparó unos pastes mientras su madre bordaba los pantalones de su hermano Tomás, el menor. Liza contaba con cinco hermanos. Ella era la penúltima, pero al no ser varón, el orden en la familia no importaba gran cosa. Serían seis si Marta no hubiera ido al cielo antes que el resto. Liza lamentaba su pérdida. Marta había sido como una madre para ella. Con sus otras hermanas, Ana y Cristina, no conversaba tanto. Ellas, al laborar en la misma mina, compartían secretos y confesiones. De hecho, ambas traían unos enamorados. Las había escuchado mientras ellas cuchicheaban bajo las cobijas, y Ana ya hasta pensaba en fugarse con él.

—¿A qué hora bajará Tomás? Quiero medirle el dobladillo —susurró su madre sin despegar la vista del pantalón.

Sus dos hermanos descansaban durante el día del Señor, y solían levantarse hasta medio día. Ana y Cristiana decidieron ganarse un dinero extra, así que Liza concluyó que iría sola a la Escuela Dominical.

Los pastes simulaban pastelillos individuales rellenos de carne y verduras. Cada uno pesaba alrededor de dos libras, según le enseñó su madre. Mientras Liza preparaba cada uno, ponía ciertas marcas en una esquina para identificarlos. Ricardo prefería que sus pastes no llevaron cebolla; Tomás detestaba la patata; Ana siempre añadía un poco de col. De ese modo, cada miembro de la familia sabría qué pastes le pertenecían.

Mientras los pastes se horneaban, Liza buscó su tarea. Aunque tiempo atrás había finalizado su instrucción en la Escuela Dominical, pues ya sabía leer y escribir, deseaba perfeccionar su caligrafía, por lo que la señorita Penélope le encomendaba diversos ejercicios.

—Huele bien —anunció su madre.


Liza sacó los pastes del horno y se felicitó. Lucían quebradizos y desmenuzables, tal como un paste debía ser. Una vez que la comida estuvo lista, Liza se amarró un chal alrededor del cuerpo y caminó rumbo al pueblo donde estaba la iglesia metodista. 

Para saber más de los pastes: visita aquí.


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