2 de junio de 2014

El frío de las montañas

Real del Monte es un lugar frío, muy frío. Se dice que es el pueblo más alto de México. ¿Qué les espera ahí? Niebla, lluvia, poco sol. Quizá por eso los mineros ingleses se sintieron como en casa. Tal vez por eso su arquitectura quedó tan bien allí.

Novela: Peregrina

Pueblo Mágico: Real del Monte

El corazón de Liza latió con rapidez. Arribaban a su nuevo hogar, y lo que había visto en el trayecto no la había preparado para la escena. Atrás quedaron los pasajes desérticos repletos de cactus para dar paso a montañas pobladas de encinas y pinos, rodeados por flores brillantes que competían con el cielo azul. Isabel pidió que le permitieran observar todo, así que Liza cambió de asiento con el doctor, quien dormitaba debido al insomnio que lo visitaba por las noches pues continuaba algo indispuesto del estómago.

Desde su nueva ubicación, Isabel contempló las cabras que trepaban por las rocas y observaban a los viajeros desde sus miradores. Henry Adams se contagió del entusiasmo de la niña y señaló los arroyuelos que saltaban de roca en roca. El señor Chambers pidió que detuvieran el transporte. 
Cuando Liza descendió del vehículo sus piernas se tambalearon. Había permanecido largas horas cargando a Isabel, por lo que la circulación le faltaba. El grupo contempló desde lo alto de una colina el valle donde posaba el Real. El señor Adams apuntó con alegría las inmensas torres por donde el humo de las máquinas de vapor escapaba hacia el firmamento; nombró cada una de las minas con orgullo y Liza admiró las torres de los templos y los techos rojizos de las pocas casas que rodeaban el centro. En los cerros aledaños se vislumbraban las chocitas de los indios, que parecían estar suspendidas en los acantilados, y Liza se preguntó cómo se verían por dentro. ¿Qué muebles tendrían? ¿Cómo vivirían? ¿Estarían finalmente en la Ciudad Celestial?

—Estamos en el corazón de las montañas —suspiró Katherine.

—Se dice que vivimos en el sitio más alto de México, señora Chambers. Por eso hace mucho frío —le indicó Henry Adams.

El señor Chambers pidió que todos volvieran a sus puestos. La diligencia avanzó por las empinadas cuestas rumbo a la plaza central. Liza percibió que los indígenas andaban con gruesas capas que el señor Adams denominó jorongos, e incluso los mismos ingleses traían gruesas capas y chaquetas, así como sombreros mexicanos que los protegían de la lluvia. Tal como el señor Adams predijo, Real del Monte los recibió con una lluvia ligera. La pobre Rose lloró de tristeza al contemplar el paisaje.

—Dejé Inglaterra porque detesto el frío, y ¡mira! —se quejó con Liza.


—Yo debo ir a la mina —les explicó el señor Adams—, pero el comisario y su esposa los esperan para almorzar.


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